Category: Formación

  • Protagonistas de nuestra vida

    Protagonistas de nuestra vida

    «Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella, Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús»[1]. Ante estas palabras del Papa Francisco a los jóvenes, surgen inmediatamente algunas preguntas, que el mismo Romano Pontífice formulaba enseguida: «¿Por dónde empezamos? ¿A quién le pedimos que empiece esto? Por vos y por mí. Cada uno, en silencio otra vez, pregúntese si tengo que empezar por mí, por dónde empiezo. Cada uno abra su corazón para que Jesús le diga por dónde empiezo»[2]. Para ser protagonistas de los acontecimientos del mundo es indispensable comenzar por ser protagonistas de nuestra propia vida.

    Libres y condicionados

    Este protagonismo implica reconocer que si bien las circunstancias familiares o sociales influyen en nuestro carácter, no lo determinan de un modo absoluto. Lo mismo cabe decir de los instintos más elementales que provienen de la constitución corporal, y también de la herencia genética: marcan algunas tendencias, pero que se pueden moldear y orientar con el ejercicio de una voluntad que sigue a la razón bien formada.

    Nuestra personalidad se forja en la medida en que libremente tomamos decisiones, ya que las acciones humanas no se dirigen únicamente a cambiar nuestro entorno, sino que también influyen en nuestro modo de ser. Aunque a veces suceda de una manera no muy consciente, la repetición de actos hace que adquiramos ciertas costumbres o adoptemos una postura ante la realidad. Por eso, cuando explicamos el por qué de nuestras reacciones espontáneas, más que decir “es que soy así”, muchas veces tendríamos que admitir: “me he hecho así”.

    Tenemos condicionamientos que muchas veces son difíciles de controlar, como la calidad de las relaciones familiares, el entorno social en el que se crece, una enfermedad que nos limita en cualquier sentido, etc. Frecuentemente, no es posible ignorarlos o remediarlos, pero sí cabe cambiar la actitud con la que se enfrentan, sobre todo si somos conscientes de que nada escapa de los cuidados providentes de Dios: Es necesario repetir una y otra vez que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor[3]. En cualquier circunstancia, incluso con grandes limitaciones, podemos dar a Dios y al prójimo obras de amor, por más pequeñas que parezcan: ¡quién sabe cuánto vale una sonrisa en medio de la tribulación, el ofrecimiento al Señor del dolor en unión a la Cruz, la aceptación paciente de las contrariedades! Nada puede superar a un amor sin límites, más fuerte que el dolor, que la soledad, que el abandono, que la traición, que la calumnia, que el sufrimiento físico y moral, que la propia muerte.

    Artífices de la propia vida

    Descubrir los talentos personales -virtudes, capacidades, competencias-, agradecerlos y sacarles el partido posible es tarea de nuestra libertad. Pero hemos de recordar que lo que más estructura la personalidad cristiana son los dones de Dios, que inciden en lo más íntimo de nuestro ser. Entre estos se encuentra, de modo eminente, el regalo inmenso de la filiación divina, recibido con el Bautismo. Gracias a esta, el Padre ve en nosotros la imagen -si bien imperfecta, pues somos creaturas limitadas- de Jesucristo, que se hace cada vez más clara con el sacramento de la Confirmación, el perdón transformador de la Penitencia y, especialmente, la comunión con su Cuerpo y su Sangre.

    Partiendo de estos dones recibidos de la mano de Dios, cada persona, lo quiera o no, es autor de su existencia. En palabras de san Juan Pablo II, «a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra»[4]. Somos dueños de nuestros actos -el Señor desde el principio, creó al hombre y le dejó en manos de su propio albedrío[5]-; somos nosotros, si queremos, los que llevamos las riendas de nuestras vidas en medio de las tormentas y dificultades.

    ¡Somos libres! Este descubrimiento se experimenta con algo de incertidumbre: ¿dónde llevaré mi vida?; pero sobre todo con gozo: Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego[6]. En esta aventura no estamos solos: contamos, en primer lugar, con la ayuda del mismo Dios, que nos propone una misión, y también con la colaboración de los demás: familiares, amigos, incluso personas que coinciden casualmente con nosotros en algún momento de la existencia. El protagonismo en la propia vida no implica negar que para muchos aspectos somos dependientes, y si consideramos que esta dependencia es recíproca, entonces también cabría decir que somos interdependientes. La libertad, por lo tanto, no se basta a sí misma: quedaría vacía si no la empleamos para comprometemos en cosas grandes, magnánimas. Como veremos, la libertad es para la entrega o, dicho de otro modo, solo cabe una libertad entregada.

    Un camino para recorrer

    San Josemaría solía recordar un cartel que encontró en Burjasot (Valencia), poco tiempo después del fin de la guerra civil española, con una frase que no pocas veces citó en su predicación: “Cada caminante siga su camino”. Cada alma vive su propia vocación de un modo personal, con sus propios acentos: Se puede andar por la derecha, por la izquierda, en zig-zag, caminando con los pies, a caballo. Hay cien mil maneras de ir por el camino divino[7]. Cada persona es el actor principal de su historia de santidad, cada una tiene su sello distintivo, en la configuración de cualquier faceta de su existencia y de su personalidad, evitando el mero “dejarse llevar” por los sucesos.

    Libremente —como hijos, insisto, no como esclavos—, seguimos el sendero que el Señor ha señalado para cada uno de nosotros. Saboreamos esta soltura de movimientos como un regalo de Dios[8]. Esta soltura -soberanía humana- va de la mano de la responsabilidad, del saber que somos “hechura de Dios”: un sueño divino que se hace realidad en la medida en que experimentamos el amor sin condiciones, que pide nuestra respuesta. El amor de Dios afirma nuestra libertad, y la eleva a cotas insospechadas con su gracia.

    Cada persona nota la necesidad de abrirse a alguien más, de compartir la existencia, de dar y recibir amor.
    Cada persona nota la necesidad de abrirse a alguien más, de compartir la existencia, de dar y recibir amor.

    Caminar acompañados

    Dentro de los planes divinos, la vida está hecha para compartirse: el Señor cuenta con la ayuda mutua que se prestan los seres humanos. Lo constatamos, de hecho, cada día: tantas veces ni siquiera somos capaces de cubrir las necesidades más básicas y perentorias de manera individual. Nadie puede ser completamente autónomo. En un nivel más profundo, cada persona nota esa necesidad de abrirse a alguien más, de compartir la existencia, de dar y recibir amor. «Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal»[9].

    Esta natural apertura hacia los demás llega a su máxima expresión en los planes redentores del Señor. Cuando recitamos el Símbolo de los Apóstoles, confesamos que creemos en la comunión de los santos, comunión que es la entraña de la Iglesia. Por eso, en la vida espiritual, también es indispensable aprender a contar con la ayuda de los demás, que están implicados de un modo u otro en nuestra relación con Dios: recibimos la fe a través de la enseñanza de nuestros padres y catequistas; participamos de los sacramentos que celebra un ministro de la Iglesia; acudimos al consejo espiritual de otro hermano en la fe, que también reza por nosotros; etc.

    Saber que caminamos acompañados en la vida cristiana nos llena de alegría y tranquilidad, sin que disminuya nuestro propio empeño por alcanzar la santidad. Aunque muchas veces nos dejemos llevar de la mano, nuestro papel no se limita a eso. San Josemaría, al referirse a la vida espiritual, manifestaba que el consejo no elimina la responsabilidad personal. Y concluía: la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio[10]. Por esto, no queremos que nos suplan en las resoluciones que tomamos, ni dejar de poner esfuerzo en las tareas que hemos hecho propias.

    Al mismo tiempo que reconocemos la ayuda indispensable de los demás, hemos de ser conscientes de que, en la vida espiritual es el Señor quien actúa a través de ellos para transmitirnos su luz y fuerza. Esto nos da seguridad para continuar caminando hacia la santidad cuando, por un motivo u otro, faltan aquellas personas que jugaban un papel importante en nuestra vida cristiana. En este sentido, también gozamos de una profunda libertad de espíritu en relación a las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, a quienes queremos a través del corazón de Cristo, y cuyo apoyo agradecemos profundamente.

    Libres para amar sin condiciones

    Los cristianos sabemos que la plenitud personal llega como fruto de la libre y total disponibilidad a los deseos del Amor de un Dios Creador, Redentor y Santificador. Los dones que hemos recibido alcanzan su máximo rendimiento al abrirnos a la gracia de Dios, como confirma la experiencia de tantos santos y santas. Al dejar que el Señor se metiera en sus vidas, supieron ponerse amorosamente a su servicio, como Santa María que, en el momento de la Anunciación pronuncia la respuesta firme: fiat! —¡hágase en mí según tu palabra!—, el fruto de la mejor libertad: la de decidirse por Dios[11].

    Cuando una persona se decide por Dios, empeña sus sueños y energías en lo que más vale la pena. Se da cuenta del sentido último de la libertad, que no está simplemente en poder elegir una cosa u otra, sino en poder disponer de la vida para algo grande, aceptando compromisos definitivos. Dedicar las propias cualidades a seguir a Cristo, aunque a veces implique rechazar otras opciones, trae la felicidad, el ciento por uno[12] en la tierra y la vida eterna[13]. Refleja también un alto grado de madurez interior, pues solo quien tiene una personalidad con convicciones es capaz de comprometerse de una manera total: Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios[14].

    Abandonar pasado, presente y futuro en el Señor

    El alma que opta por Dios se mueve con una paz interior que supera cualquier tribulación. Sé en quién he creído[15]: son palabras que expresan la confianza de san Pablo en medio de las dificultades por ser fiel a su vocación de apóstol de las gentes. Quien pone al Señor por fundamento, goza de una seguridad inquebrantable, y esto le permite donarse también a los demás: viviendo el celibato por motivos apostólicos o en el matrimonio o en tantos otros caminos que puede tomar la existencia cristiana. Es una entrega que abarca presente, pasado y futuro, como rezaba san Josemaría:Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno[16].

    Nadie puede cambiar el pasado. Sin embargo, el Señor toma la historia de cada uno, perdona en el sacramento de la Reconciliación los pecados que puedan haber existido y reintegra armoniosamente esos sucesos en la vida de sus hijos. Todo es para bien[17]: incluso los errores que hemos cometido, si sabemos acudir a la misericordia divina y, con la gracia de Dios, procuramos vivir en el presente más pendientes de Él. Así se está también en condiciones de ver confiadamente el futuro, pues sabemos que está en manos de un Padre que nos quiere: ¡quien está en las manos de Dios, cae y se levanta siempre en las manos de Dios!

    Decidirse por Dios es aceptar su invitación a que escribamos nuestra biografía con Él. Reconociendo humildemente la libertad como un don, la empleamos en cumplir, en compañía de tantas otras personas, la misión que el Señor nos confía.Y experimentamos con gozo que sus planes superan nuestras previsiones, como decía san Josemaría a un chico joven: ¡Déjate llevar por la gracia! ¡Deja a tu corazón que vuele! (…). Hazte tu pequeña novela: una novela de sacrificios y de heroísmos. Con la gracia de Dios, te quedarás corto.[18].

    J.R. García-Morato


    [1] Francisco, Discurso, 27-VII-2013.

    [2] Ibidem.

    [3] Es Cristo que pasa, n. 110.

    [4] San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 4-IV-1999, n. 2.

    [5] Sir 15,14.

    [6] San Josemaría, “Las riquezas de la fe”. Artículo publicado en ABC, 2-XI-1969.

    [7] San Josemaría, Carta 2-II-1945, n. 19.

    [8] Amigos de Dios, n. 35.

    [9] Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 48.

    [10] Conversaciones, n. 93.

    [11] Amigos de Dios, n. 25.

    [12] Mt 19,29.

    [13] Ibidem.

    [14] Amigos de Dios, n. 35.

    [15] 2 Tim 1,12.

    [16] Vía Crucis, VII, n. 3.

    [17] Cfr. Rm 8,28.

    [18] San Josemaría, Notas de una tertulia, 29-VI-1974 (AGP, biblioteca, P04, p. 45).

  • Sábado 28: ¡Venga, ese ánimo arriba!

    Sábado 28: ¡Venga, ese ánimo arriba!

    El sábado 28.II a las 18:00h en la sede de la Asociación hemos tenido una charla-coloquio familiar sobre cómo “Fomentar la autoestima de nuestros hijos“, el ponente ha sido Tomás Mañas, psicopedagogo en www.psiquepontevedra.com y profesor de secundaria en el Colegio Montecastelo [Vigo].

    Tomás Mañas, diplomado en magisterio (Universidad de Granada) y licenciado en psicopedagogía con especialidad en “educación especial” (Universidad Complutense). Máster en Audición y Lenguaje y Máster en Tratamiento Educativo de la Diversidad (ambos por la UNED). Tiene más de cinco años de experiencia como docente y educador.

    Después de la conferencia tuvimos el tradicional Piscolabis.

    Algunas Fotografías de la sesión.

  • El recto amor de sí mismo

    El recto amor de sí mismo

    Nuevo texto de la serie centrada en la formación de la personalidad. En esta ocasión, se reflexiona sobre el conocimiento de uno mismo, con virtudes y defectos, necesario para ser feliz.

    Habéis sido rescatados (…) no con bienes corruptibles, plata u oro, sino con la sangre preciosa de Cristo[1]. San Pedro recuerda a los primeros cristianos que su existencia tiene un valor inconmensurable, pues han sido objeto del abundante amor del Señor, que los ha redimido. Cristo, con el don de la filiación divina, llena de seguridad nuestros pasos por el mundo. Así lo manifestaba con espontaneidad a san Josemaría un chico: “Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, ‘engallado’ el cuerpo y soberbio por dentro ¡hijo de Dios!” Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la “soberbia”[2].

    Conocer la grandeza de nuestra condición

    ¿Cómo entender ese fomentar la “soberbia”? Ciertamente, no se trata de imaginar virtudes que uno no tiene, ni de vivir con un sentido de autosuficiencia que tarde o temprano traiciona. Consiste más bien en conocer la grandeza de nuestra condición: el ser humano es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo»[3]; creado a su imagen y semejanza, está llamado a llevar a plenitud esta imagen al identificarse cada vez más con Cristo por la acción de la gracia.

    Esta vocación sublime funda el recto amor de sí mismo, que está presente en la fe cristiana. A la luz de esa fe, podemos juzgar nuestros logros y fracasos. La aceptación serena de la propia identidad condiciona nuestra forma de estar en el mundo y de actuar en él. Además, contribuye a la confianza personal que disminuye los miedos, precipitaciones y retraimientos, facilita la apertura a los demás y a las nuevas situaciones y fomenta el optimismo y la alegría.

    La idea positiva o negativa que tenemos de nosotros depende del conocimiento propio y del cumplimiento de las metas que cada uno se propone. Estas parten, en buena medida, de los modelos de hombre o mujer que deseamos alcanzar y que se nos presentan de modos muy diversos, por ejemplo, a través de la educación recibida en el hogar, los comentarios de amigos o conocidos, las ideas predominantes en una determinada sociedad. Por eso, es importante definir cuáles son nuestros puntos de referencia, ya que si son altos y nobles, contribuirán a una adecuada autoestima. Y conviene identificar cuáles son los modelos que circulan en nuestra cultura porque, más o menos conscientemente, influyen en cómo nos valoramos.

    Preguntarse por los modelos

    Sucede, en ocasiones, que formulamos un juicio distorsionado sobre nosotros al haber admitido unos criterios de éxito que, de hecho, pueden ser poco realistas e incluso nocivos: la eficacia profesional a costa de cualquier precio, relaciones afectivas egocéntricas, estilos de vida marcados por el hedonismo. Nos podemos sobrevalorar después de algunos logros, que nos parecen reconocidos por los demás; también nos puede suceder lo contrario: infravalorarnos, al no haber alcanzado determinados objetivos o no sentirnos considerados en ciertos ambientes. Estas valoraciones equivocadas son, en gran medida, la consecuencia de mirar demasiado a quienes califican la trayectoria personal exclusivamente en función de lo que se logra, tiene o posee.

    Para evitar los riesgos anteriores, vale la pena preguntarse cuáles son nuestros puntos de referencia en la vida profesional, familiar, social y si estos son compatibles con una perspectiva cristiana de la existencia. Sabemos, además, que en último término el modelo más perfecto, completo y plenamente coherente es Jesucristo Ver nuestra vida a la luz de la suya es el mejor modo de valorarnos, pues sabemos que Jesús es un ejemplo cercano, con el que tenemos una relación personal -de un yo con un Tú-a través del amor.

     

     

    Autoconocimiento: con la luz de Dios

    Para juzgarse con verdad, es imprescindible conocerse. Esta tarea es compleja y requiere un aprendizaje que, en cierto sentido, no termina nunca. Empieza por superar una perspectiva exclusivamente subjetiva -“según yo”, “según mi opinión”, “a mí me parece”….- para tener en consideración otros pareceres. Si ni siquiera sabemos con exactitud cómo es nuestra voz o apariencia física, y hemos de acudir a herramientas como una grabación o el espejo, ¡cuánto más será indispensable admitir que no somos los mejores jueces para valorar nuestra propia personalidad!

    Además de la reflexión personal, conocerse a sí mismo es fruto de lo que nos enseñan los demás sobre nosotros. Esto se consigue cuando sabemos abrirnos a quienes nos pueden ayudar -¡qué gran recurso tenemos en la dirección espiritual personal!-, admitiendo sus opiniones y considerándolas en relación a un buen ideal de vida. En este ámbito también influyen la interacción con quienes nos rodean, las modas y costumbres de la sociedad. Un entorno que promueve la reflexión favorece el desarrollo de los recursos de introspección; mientras que un ambiente con estilo de vida superficial, limita ese desarrollo.

    Conviene, por lo tanto, fomentar hábitos de reflexión y preguntarnos cómo nos ve Dios. La oración es el tiempo oportuno, pues al mismo tiempo que conocemos al Señor nos conocemos a nosotros mismos con su luz. Entre otras cosas, buscaremos comprender los comentarios y consejos que podemos recibir de los demás. En algún caso, nos sabremos distanciar de los juicios de otras personas cuando notamos que los realizan sobre fundamentos poco objetivos, o quizá de una manera poco reflexiva, y sobre todo si juzgan según unos criterios que no son compatibles con el querer de Dios. Hay que saber elegir a quién prestar más atención, pues como dice la Escritura:Más vale oír reproche de sabio que escuchar alabanza de necio[4].

    Por otro lado, como todos somos en parte responsable de la autoestima de quienes nos rodean, hemos de esmerarnos para que en nuestras palabras se refleje la consideración por cada uno, que es hijo de Dios. Especialmente si tenemos una posición de autoridad o de guía (en la relación padre-hijo, profesor-alumno, etc.) los consejos e indicaciones contribuirán a reafirmar en los demás la convicción del propio valer, incluso cuando es preciso corregir con claridad. Este es el punto de partida, el oxígeno para que la persona crezca respirando por sí misma, con esperanza.

    Aceptación personal: así nos quiere el Señor

    Al considerar el propio modo de ser a la luz de Dios, estamos en condiciones de aceptarnos como somos: con talentos y virtudes, pero también con defectos que admitimos humildemente. La verdadera autoestima implica reconocer que no todos somos iguales y aceptar que otras personas pueden ser más inteligentes, tocar mejor un instrumento musical, ser más atléticos… Todos tenemos buenas cualidades que podemos desarrollar y, más importante aún, todos somos hijos de Dios. En esto consiste la genuina auto-aceptación, el sentido positivo del amor propio del cristiano que quiere servir a Dios y a los demás, desechando las comparaciones excesivas que podrían conducir a la tristeza.

    En último término, nos aceptaremos como somos si no perdemos de vista que Dios nos ama con nuestros límites, que forman parte de nuestro camino de santificación y son la materia de nuestra lucha. El Señor nos elige, como a los primeros Doce:hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres (cfr. Mt 4, 19), corredentores, administradores de la gracia de Dios.[5]

     

     

    Ante el éxito y los fracasos

    Desde este planteamiento sobrenatural, se contemplan con mayor profundidad nuestro modo de ser y trayectoria biográfica, entendiendo su pleno sentido. Se relativizan, con una visión de eternidad, los sucesos y logros temporales. Así, si nos alegramos con el éxito en nuestra actividad, sabemos también que lo más importante es que esta haya servido para crecer en santidad. Es el realismo cristiano, madurez humana y sobrenatural, que del mismo modo que no se deja llevar por la exaltación que puede provocar el triunfo o la alabanza, tampoco se arrastra por el pesimismo ante la derrota. ¡Cuánto ayuda decir, con san Pedro, que lo bueno lo hemos hecho en el nombre de Jesucristo Nazareno[6]!

    Al mismo tiempo, admitir que las dificultades externas y las propias imperfecciones limitan nuestros logros es uno de los aspectos que da forma a la autoestima, fundamenta la madurez personal y abre las puertas del aprendizaje. Solo podemos aprender desde el reconocimiento de nuestras carencias y con la actitud de extraer experiencias positivas de lo sucedido: ¡Has fracasado! -Nosotros no fracasamos nunca. -Pusiste del todo tu confianza en Dios. -No perdonaste, luego, ningún medio humano. Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo -ahora y en esto- era fracasar. -Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo![7] Se está en condiciones de emprender el camino de la Cruz, que muestra las paradojas de la fortaleza de la debilidad, la grandeza de la miseria y el crecimiento en la humillación, y enseña su extraordinaria eficacia.

    Obrar con seguridad y saber rectificar

    La seguridad personal es más firme cuando se apoya en el saberse hijos amados de Dios, y no en la certeza de alcanzar el éxito, que tantas veces se nos escapa. Esta convicción permite tolerar el riesgo que acompaña cualquier decisión, superar la parálisis de la inseguridad y guardar una actitud de razonable apertura hacia lo nuevo. No es prudente el que no se equivoca nunca, sino el que sabe rectificar sus errores. Es prudente porque prefiere no acertar veinte veces, antes que dejarse llevar de un cómodo abstencionismo. No obra con alocada precipitación o con absurda temeridad, pero asume el riesgo de sus decisiones, y no renuncia a conseguir el bien por miedo a no acertar.[8].

    Partiendo de las limitaciones personales y de la capacidad de aprender del ser humano, rectificar supone una mejoría, un enriquecimiento personal que, a su vez, revierte en lo que rodea y en quienes rodean, contribuyendo simultáneamente a incrementar la confianza en uno mismo y en el entorno. Quien se pone en las manos del Padre celestial está seguro, pues todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios[9], incluso las caídas cuando pedimos perdón al Señor y, con su gracia, nos levantamos habiendo crecido en humildad. De este modo, saber rectificar forma parte del proceso de conversión: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad[10]

    Una virtud indispensable

    La autoestima crece, en definitiva, al amparo de la humildad, porque ésa es la virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza[11]. Si falta esta actitud del alma, no es raro que lleguen problemas de estima personal. Pero cuando se cultiva, la persona se llena de realismo, y se valora con acierto: ¡no somos hombres ni mujeres impecables, pero tampoco seres corrompidos! Somos hijos de Dios, y sobre nuestras limitaciones se asienta una dignidad insospechada.

    La humildad genera el ambiente interior que permite conocernos como somos y nos impulsa a buscar sinceramente el apoyo de los demás, al mismo tiempo que les damos el nuestro. En última instancia, todos y cada uno necesitamos de Dios, en quién vivimos, nos movemos y existimos[12], que es Padre misericordioso y vela de continuo por nosotros. ¡Cuánta seguridad y confianza hubo en la vida de Santa María! Si puede decir que ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo[13] es porque vive muy consciente de la humildad de su esclava[14]. En Ella, humildad y consciencia de la grandeza de la propia vocación se conjugan maravillosamente.

    J. Cavanyes


    [1] 1 Pe 1, 18-19.

    [2] Camino, n. 274.

    [3] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

    [4] Qo 7, 5.

    [5] Es Cristo que pasa, n. 2.

    [6] Hch 3,6.

    [7] Camino, n. 404.

    [8] Amigos de Dios, n. 88.

    [9] Rm 8,28.

    [10] 1 Jn 1,8-9.

    [11] Amigos de Dios, n. 94.

    [12] Hch 17,28.

    [13] Lc 1, 49.

    [14] Lc 1, 48.

  • Una personalidad que se identifique con Cristo

    Una personalidad que se identifique con Cristo

    Además de los artículos sobre Educación ya subidos a la web y que os recomendamos leer, vamos a ir publicando otros sobre la formación del carácter y la madurez cristiana. ¿Cómo influye la personalidad en la vida diaria? ¿puede cambiar una persona? ¿qué papel desarrolla la gracia? Pensamos que trabajar esta línea es el camino más directo para alcanzar la felicidad en todos y cada uno de nuestros proyectos personales.


    ¿Por qué reacciono de ese modo? ¿Por qué soy así? ¿Podré cambiar? Son algunas de las preguntas que alguna vez pueden asaltarnos. A veces, nos las planteamos respecto a los demás: ¿por qué tiene ese modo de ser?… Vamos a profundizar sobre estas cuestiones, mirando a nuestra meta: parecernos cada vez más a Jesucristo, dejándolo obrar en nuestra existencia.

    Este proceso abarca todas las dimensiones de la persona, que al divinizarse conserva los rasgos de lo auténticamente humano, elevándolos según la vocación cristiana. Y es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: perfectus Deus, perfectus homo. En Él contemplamos la figura realizada del ser humano, pues «Cristo Redentor (…) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es -si se puede hablar así- la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad»[1].

    La nueva vida que hemos recibido en el Bautismo está llamada a crecer hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo[2].

    Si bien lo divino, lo sobrenatural, es el elemento decisivo en la santidad personal, lo que une y armoniza todas las facetas del hombre, no podemos olvidar que esto incluye, como algo intrínseco y necesario, lo humano: Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es “perfectus Deus, perfectus homo”[3].

    La tarea de formar el carácter

    La acción de la gracia en las almas va de la mano con un crecimiento en la madurez humana, en la perfección del carácter. Por eso, al mismo tiempo que cultiva las virtudes sobrenaturales, un cristiano que busca la santidad procurará alcanzar los hábitos, modos de hacer y de pensar que caracterizan a alguien como maduro y equilibrado. Se moverá no por un simple afán de perfección, sino para reflejar la vida de Cristo; por eso, san Josemaría anima a examinarse: —Hijo: ¿dónde está el Cristo que las almas buscan en ti?: ¿en tu soberbia?, ¿en tus deseos de imponerte a los otros?, ¿en esas pequeñeces de carácter en las que no te quieres vencer?, ¿en esa tozudez?… ¿Está ahí Cristo? —¡¡No!! La respuesta nos da una clave para emprender esta tarea: —De acuerdo: debes tener personalidad, pero la tuya ha de procurar identificarse con Cristo[4]

    En la propia personalidad influye tanto lo que se hereda y se manifiesta desde el nacimiento, que suele llamarse temperamento, como aquellos aspectos que se han adquirido por la educación, las decisiones personales, el trato con los demás y con Dios, y otros muchos factores, que incluso pueden ser inconscientes.

    De este modo, existen distintos tipos de personalidades o caracteres -extrovertidos o tímidos, fogosos o reservados, despreocupados o aprensivos, etc.-, que se expresan en el modo de trabajar, de relacionarse con los demás, de considerar los acontecimientos diarios.

    Estos elementos influyen en la vida moral, al facilitar el desarrollo de ciertas virtudes o, si falta el empeño por moldearlos, la aparición de defectos: por ejemplo, una personalidad emprendedora puede ayudar a cultivar la laboriosidad, con tal de que al mismo tiempo se viva una disciplina que evitará el defecto de la inconstancia y del activismo.

    Dios cuenta con nuestra personalidad para llevarnos por caminos de santidad. El modo de ser de cada uno es como una tierra fértil que se ha de cultivar: basta quitar con paciencia y alegría las piedras y malas hierbas que impiden la acción de la gracia, y comenzará a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta[5]

    Cada quien puede hacer rendir los talentos que ha recibido de las manos de Dios, si se deja transformar por la acción del Espíritu Santo, forjando una personalidad que refleje el rostro de Cristo, sin que esto quite para nada los propios acentos, pues variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas[6].

    Si bien hemos de robustecer y pulir la propia personalidad para que se ajuste a un estilo cristiano, no podemos pensar que el ideal sería convertirse en una especie de “superhombre” En realidad, el modelo es siempre Jesucristo, que posee una naturaleza humana igual que la nuestra, pero perfecta en su normalidad y elevada por la gracia.

    Desde luego, encontramos un ejemplo excelso también en la Santísima Virgen María: en Ella se da la plenitud de lo humano… y de la normalidad. La proverbial humildad y sencillez de María, quizá sus cualidades más valoradas en toda la tradición cristiana, junto a su cercanía, cariño y ternura por todos sus hijos -que son virtudes de una buena madre de familia-, son la mejor confirmación de ese hecho: la perfección de una criatura – ¡Más que tú sólo Dios![7]-, tan plenamente humana, tan encantadoramente mujer: ¡la Señora por excelencia!

    Madurez humana y sobrenatural

    La palabra “madurez” significa primero estar en sazón, a punto, y por extensión hace referencia a la plenitud del ser. Implica también el cumplimiento de la propia tarea. Por eso, su mejor paradigma lo podemos encontrar en la vida del Señor. Contemplarla en los Evangelios y ver cómo Cristo trata a las personas, su fortaleza ante el sufrimiento, la decisión con que acometió la misión recibida del Padre, todo esto nos da el criterio de la madurez.

    Al mismo tiempo, nuestra fe incorpora todos los valores nobles que se encuentran en las distintas culturas, y por eso también es útil retomar, purificándolos, los criterios clásicos de madurez humana. Es algo que se ha hecho a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, en mayor o menor medida, de forma más o menos explícita.

    El mundo clásico greco-romano, por ejemplo, que tan sabiamente cristianizaron los Padres de la Iglesia, colocó al centro del ideal de madurez humana especialmente la “sabiduría” y la “prudencia”, entendidas con diversos matices. Los filósofos y teólogos cristianos de aquella época enriquecieron esta concepción, señalando la preeminencia de las virtudes teologales, de modo especial la caridad como vínculo de la perfección[8], en palabras de san Pablo, y que da forma a todas las virtudes.

    Actualmente, el estudio sobre la madurez humana se ha complementado con las distintas perspectivas que ofrecen las ciencias modernas. Sus conclusiones son útiles en la medida en que parten de una visión del hombre abierta al mensaje cristiano.

    Así, algunos suelen distinguir tres campos fundamentales en la madurez: intelectual, emotiva y social. Rasgos significativos de madurez intelectual pueden ser: un adecuado concepto de sí mismo (cercanía entre lo que uno piensa que es y lo que realmente es, en la que influye decisivamente la sinceridad con uno mismo); una filosofía correcta de la vida; establecer personalmente metas y fines claros, pero con horizontes abiertos e ilimitados (en amplitud, profundidad e intensidad); un conjunto armónico de valores; una clara certidumbre ético-moral; un sano realismo ante el mundo propio y ajeno; la capacidad de reflexión y análisis sereno de los problemas; la creatividad y la iniciativa; etc.

    Entre los rasgos de madurez emotiva, sin ninguna pretensión de exhaustividad, cabría señalar: el saber reaccionar proporcionalmente ante los sucesos de la vida, sin dejarse abatir por el fracaso ni perder el realismo en el éxito; la capacidad de control flexible y constructivo de sí mismo; el saber amar, ser generosos y donarse a los demás; la seguridad y firmeza en las decisiones y compromisos; la serenidad y capacidad de superación ante los retos y las dificultades; el optimismo, la alegría, la simpatía y el buen humor.

    Finalmente, como parte de la madurez social encontramos: el afecto sincero por los demás, el respeto a sus derechos y el deseo de descubrir y aliviar sus necesidades; la comprensión de la diversidad de opiniones, valores o rasgos culturales, sin prejuicios; la capacidad de crítica e independencia frente a la cultura dominante, el entorno y el ambiente, los grupos de presión o las modas; una naturalidad en el comportamiento que lleva a actuar sin convencionalismos; ser capaces de escuchar y comprender; la facilidad para colaborar con otros.

    Un camino hacia la madurez

    Cabría resumir estos rasgos diciendo que la persona madura es capaz de desarrollar un proyecto elevado, claro y armónico de su vida, y que posee las disposiciones positivas necesarias para realizarlo con facilidad.

    En cualquier caso, la madurez viene como un proceso que requiere tiempo, que pasa por distintos momentos y etapas. Suele crecer de una manera gradual, aunque en la historia personal pueda haber sucesos que impulsan a dar grandes saltos: por ejemplo, la venida al mundo del primer hijo para algunos marca un hito, al caer en la cuenta de lo que implica esta nueva responsabilidad; o, después de atravesar serios apuros económicos, una persona puede aprender a reconsiderar cuáles son las cosas verdaderamente importantes en la vida; etc.

    En este camino hacia la madurez, la fuerza transformadora de la gracia se hace presente. Basta una mirada de conjunto a las santas y santos más conocidos para detectar en seguida en ellos los ideales elevados, la certidumbre de sus convicciones, la humildad -que es el más adecuado concepto de sí mismo-, su desbordante creatividad e iniciativa, su capacidad de entrega y amor hecha realidad, su contagioso optimismo, su apertura -su afán apostólico, en definitiva- eficaz y universal.

    Un ejemplo claro lo encontramos en la vida de san Josemaría, que ya desde la juventud notaba que la gracia había obrado en él consolidando una personalidad madura. Apreciaba en sí, en medio de las dificultades, una estabilidad de ánimo fuera de lo usual: Creo que el Señor ha puesto en mi alma otra característica: la paz: tener la paz y dar la paz, según veo en personas que trato o dirijo[9]. Se le podían aplicar, con toda justicia, aquellas palabras del salmo: Super senes intellexi quia mandata tua quaesivi[10]: tengo más discernimiento que los ancianos, porque guardo tus mandatos. Lo que no quita que, no pocas veces, la madurez se adquiere con el tiempo, los fracasos y los éxitos, que entran en el horizonte de la Divina Providencia.

    Contar con la gracia y el tiempo

    Aunque es posible señalar que en cierto momento una persona ha llegado a una etapa de madurez en su vida, la tarea de trabajar sobre el modo de ser de cada uno se proyecta a lo largo de todo nuestro andar terreno.

    El autoconocimiento y la aceptación del propio carácter darán paz para no desanimarse en este empeño. Esto no implica ceder al conformismo. Quiere decir, más bien, reconocer que el heroísmo de la santidad no exige poseer ya una personalidad perfecta ni aspirar a un modo de ser idealizado, y que la santidad requiere la lucha paciente de cada día, sabiendo reconocer los errores y pedir perdón.

    Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha[11]. El Señor cuenta con el esfuerzo prolongado en el tiempo para pulir el propio modo de ser. Es significativo, por ejemplo, aquello que una persona comentaba a la sierva de Dios Dora del Hoyo hacia el final de su vida: «–Dora: quién te ha visto y quién te ve. ¡Mira que eres otra! Se rió: sabía muy bien de qué hablaba»[12]. Le había hecho ver cómo, con los años, su carácter había alcanzado una ecuanimidad que conseguía moderar las reacciones de genio.

    Y es que en esta empresa contamos siempre con la ayuda del Señor y con los cuidados maternos de santa María: «La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto»[13].

    En próximos editoriales abordaremos diversos elementos que están implicados en la formación del carácter. Señalaremos ciertos rasgos claves de la madurez cristiana. Contemplaremos el edificio que el Espíritu Santo, con la colaboración activa de cada uno, busca levantar en el interior del alma, y consideraremos las características de los fundamentos, qué hacer para asegurar que la estructura sea firme, cómo remediar la aparición de alguna fisura.

    ¡Qué desafío tan entusiasmante es forjar una personalidad que refleje claramente la imagen de Jesucristo!

    J.Sesé

    Fuente: web oficial del Opus Dei


    [1] San Juan Pablo II, Enc. Redemptor Hominis, n. 10.

    [2] Ef 4,13.

    [3] Amigos de Dios, n. 75.

    [4] Forja, n. 468.

    [5] Mt 13,8.

    [6] Camino, n. 947.

    [7] Camino, n. 496.

    [8] Col 3,14.

    [9] Apuntes íntimos, n. 1095, citado en Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. I, Rialp, Madrid 1997, p. 560.

    [10] Sal 118 (Vg).

    [11] Es Cristo que pasa, n. 76.

    [12] Recuerdos de Rosalía López Martínez, Roma 29-IX-2006 (AGP, DHA, T-1058), citado en Javier Medina, Una luz encendida. Dora del Hoyo, Palabra, Madrid 2012, pp. 115.

    [13] Francisco, Homilía ante la imagen de Sancta Maria Salus Populi Romani, 6-V-2013.

  • Educar en el pudor (1): los años de la niñez

    Educar en el pudor (1): los años de la niñez

    El sentido del pudor despierta en el hombre a medida que va descubriendo su propia intimidad. El respeto que tiene que tener cada persona por si misma se aprende, principalmente, en la familia. Algunas sugerencias en este editorial.

     

    ¿Qué es el pudor? A primera vista, un sentimiento de vergüenza que lleva a no manifestar a los demás algo de nuestra intimidad. Para muchos, se trata simplemente de una defensa más o menos espontánea contra la indecencia, y no faltan quienes lo confunden con la mojigatería.

     

    Sin embargo, esta concepción resulta limitada. Es fácil apreciar esto cuando consideramos que, donde no hay personalidad ni intimidad, el pudor resulta superfluo. Los animales carecen de él.

     

    Además, no se extiende solo a las cosas malas o indecentes; hay también un pudor de las cosas buenas, una vergüenza natural a manifestar, por ejemplo, los dones que se han recibido.

     

    El pudor, considerado como sentimiento, posee un valor inestimable, porque supone darse cuenta de que se posee una intimidad y no una mera existencia pública; pero, además, hay una auténtica virtud del pudor que hunde sus raíces en ese sentimiento, y que permite al hombre elegir cuándo y cómo manifestar el proprio ser a las personas que pueden acogerlo y comprenderlo como merece.

     

    El valor de la propia intimidad

     

    El pudor posee un profundo valor antropológico: defiende la intimidad del hombre o de la mujer –su parte más valiosa– para poder revelarla en la medida adecuada, en el momento conveniente, del modo correcto, en el contexto propicio.

     

    De lo contrario, la persona queda expuesta a maltratamientos o, por lo menos, a no ser tomada con la consideración debida. Incluso por parte de uno mismo, el pudor es necesario para alcanzar y conservar la propia autoestima, aspecto esencial del amor al propio yo.

     

    Se puede decir que «con el pudor el ser humano manifiesta casi “instintivamente” la necesidad de la afirmación y de la aceptación de este “yo” según su justo valor»[1]. La falta de pudor manifiesta que la propia intimidad se considera poco original o relevante, de modo que nada de lo que contiene merece ser reservado para unas personas y no para otras.

     

    La belleza del pudor

     

    El término “pudor” –tanto si lo entendemos como sentimiento o como virtud– puede utilizarse en diversos ámbitos. En su sentido más estricto se refiere a la salvaguardia del cuerpo; en un sentido más amplio, abarca otros aspectos de la intimidad –por ejemplo, el del manifestar las propias emociones–; en uno y otro caso, el pudor custodia, en último término, el misterio de la persona y de su amor[2].

     

    Como principio general, puede decirse que el pudor se dirige a que los demás reconozcan en nosotros lo que tenemos de más personal. En lo que se refiere al cuerpo, esto supone reclamar la atención sobre aquello que puede comunicar lo exclusivo y propio de cada persona (el rostro, las manos, la mirada, los gestos…). En esta línea, el vestido está al servicio de esa capacidad de comunicación, y debe expresar la imagen que se tiene de uno mismo y el respeto que se ofrece a los demás. La elegancia y el buen gusto, la limpieza y el arreglo personal aparecen así como las primeras manifestaciones de pudor, que pide (y ofrece) respeto a los que nos rodean. Por la misma razón, la poca virtud en este campo lleva con facilidad a la zafiedad y al descuido en el aseo. En diferentes ocasiones, el prelado del Opus Dei ha exhortado a «vivir y defender el pudor, contribuyendo a crear y difundir una moda que respete la dignidad, protestando ante imposiciones que no respeten los valores de una auténtica belleza»[3].

     

    Algo semejante sucede con el aspecto más espiritual: esta virtud pone orden en nuestro interior, en conformidad con la dignidad de las personas y con los lazos que existen entre ellas[4]. Tener consideración por la intimidad, propia y ajena, permite darse a conocer en la justa medida en los diversos contextos de donación o de respeto en que nos movemos. De este modo, se humanizan las relaciones personales porque cada una adquiere unos matices distintos; esto no solo hace más atractiva la propia personalidad, sino que, a medida que se van compartiendo esferas de intimidad, permite el gozo de la verdadera amistad.

     

    En la educación en el pudor, por tanto, es imprescindible advertir el sentido eminentemente positivo de esta virtud. «El pudor, elemento fundamental de la personalidad, se puede considerar –en el plano educativo– como la conciencia vigilante en defensa de la dignidad del hombre y del amor auténtico»[5]. Cuando se explica el sentido profundo del pudor –salvaguardar la propia intimidad, para poderla ofrecer a quien de verdad pueda apreciarla–, es más fácil aceptar e interiorizar sus consecuencias prácticas. La meta, entonces, no se pone tanto en que los jóvenes vivan unos determinados criterios de conducta en este terreno, sino en que lo aprecien y asuman como algo que está en la raíz de la estructura del ser personal.

     

    Ejemplo de los padres y ambiente familiar

     

    Como sabemos bien, el buen ejemplo es siempre un elemento esencial en la labor educativa. Si los padres –y otras personas mayores que pueden vivir en el hogar, como los abuelos– saben tratarse con modestia, los hijos comprenden que esas manifestaciones de delicadeza y pudor expresan la dignidad de los diversos componentes de la familia. Por ejemplo, los padres pueden y deben mostrar el cariño que se tienen frente a los hijos, pero sabiendo reservar ciertas efusiones para los momentos de intimidad. En este sentido, san Josemaría recordaba el ambiente del hogar que habían creado sus padres: Y tampoco se hacían simplezas: algún beso. Tened pudor delante de los hijos[6]. No se trata de envolver el amor en una máscara de frialdad, sino de mostrar a los hijos la necesidad de la elegancia en el trato, que es ajena a la afectación.

     

    No acaban aquí, sin embargo, las manifestaciones de un sano pudor. La confianza que se da en una familia es compatible con saber estar en casa de un modo coherente con la propia dignidad. Una relajación en las posturas o en el vestir, como usar mucho la bata o cambiarse de ropa delante de los hijos, acaba rebajando el tono humano de un hogar e invita a la dejadez. Especial atención debe tenerse en las temporadas calurosas, pues el clima, las telas más ligeras, y quizás el hecho de estar de vacaciones, abren la puerta al descuido. Ciertamente, cada momento y lugar requiere vestir de un modo adecuado, pero siempre se puede mantener el decoro. Puede que este modo de proceder, a veces, contraste con el clima general, pero por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar “vuestro tono” a la sociedad con la que conviváis[7].

     

    Si el pudor se relaciona, sobre todo, con la manifestación de la intimidad, es lógico que su educación deba abarcar el campo de los pensamientos, sentimientos o intenciones. Por eso, el ejemplo en el hogar se debe extender al modo en que se trata la intimidad propia y la de los demás. Por ejemplo, es poco educativo que las conversaciones familiares traten de confidencias ajenas, o alimenten cotilleos. Junto a las posibles faltas de justicia que puede suponer comportarse así, este tipo de comentarios lleva a que los hijos se consideren con derecho a entrometerse en la intimidad de otros.

     

    De modo análogo, también resulta importante velar por lo que entra en casa a través de los medios de comunicación. En el tema que nos ocupa, el obstáculo principal no es solo lo indecente: esto, como es claro, debe evitarse siempre. Más oscuro resulta el modo en que algunos programas televisivos o revistas hacen comercio y espectáculo de la vida de las personas. En ocasiones, de un modo invasivo, que atenta contra la ética de la profesión periodística; otras veces, son los mismos protagonistas quienes obran inmoralmente y se dedican a satisfacer curiosidades frívolas o incluso morbosas. Unos padres cristianos han de poner los medios para que este “mercadeo de la intimidad” no entre en el hogar. Y explicar los motivos de ese proceder: el respeto y el derecho a la legítima decisión de ser uno mismo, a no exhibirse, a conservar en justa y pudorosa reserva sus alegrías, sus penas y dolores de familia[8]. La excusa que suele ponerse a ese tipo de programas, el derecho a la información o el consentimiento de quienes en ellos participan, tiene sus límites: los que derivan de la dignidad de la persona. Nunca es moral dañarla injustamente, aunque sea el propio interesado quien lo haga.

     

    Desde pequeños

     

    El sentido del pudor despierta en el hombre a medida que va descubriendo su propia intimidad. Los niños pequeños, por el contrario, con frecuencia se dejan dominar por la sensación del momento; por ello, en un ambiente de confianza o de juego, no es difícil que descuiden el pudor, quizá incluso sin una particular advertencia. Por eso, durante la primera infancia, la labor educativa ha de centrarse en consolidar hábitos que más adelante facilitarán el desarrollo de esta virtud. Conviene, por ejemplo, que aprendan enseguida a lavarse y a vestirse por sí mismos. Y, antes de haber conseguido este objetivo, se ha de procurar que en esos momentos el niño no esté a la vista de sus hermanos. También, en cuanto sea posible, han de ejercitarse en cerrar la puerta de su habitación si se cambian de ropa, y a poner el pestillo cuando van al cuarto de aseo.

     

    Son cosas de sentido común, que quizá hemos olvidado en una sociedad de costumbres un tanto naturalistas, y que tienen como fin ir formando en el pequeño hábitos racionalmente asumidos, que el día de mañana facilitarán las auténticas virtudes. Por eso, si en alguna ocasión el pequeño se presenta o corretea por la casa olvidándose del pudor, no hay que dramatizar, pero tampoco reír la gracia –eso se deja para cuando esté ausente–. Conviene, en cambio, corregir con cariño, y aclarar que no se ha comportado bien. En cuestiones de educación, todo tiene importancia, aunque haya cosas que en sí mismas parezcan intrascendentes o que a esas edades no significan nada.

     

    A la vez, los niños deben ir aprendiendo a respetar la intimidad de los demás; nacen egocéntricos, y solo poco a poco van “descubriendo” que los demás no viven para ellos, y merecen ser tratados como a ellos les gustaría. Este avance gradual se puede concretar en múltiples detalles: enseñarles a llamar a la puerta –y, lógicamente, a esperar la respuesta– antes de entrar en una habitación; o explicarles que deben salir de una habitación cuando se les invita a hacerlo, porque los mayores quieren hablar a solas. También habrá que contener su afán de explorar –propio de estas edades tempranas– armarios y otras cosas personales de los habitantes del hogar. Así se van acostumbrando a valorar la esfera privada de los demás y, a la vez, a descubrir la propia. Y se sientan las bases para que, cuando crezcan, sean capaces no solo de respetar a las personas por lo que son –hijos de Dios–, sino también de poseer ellos mismo ese buen pudor que reserva las cosas profundas del alma a la intimidad entre el hombre y su Padre Dios, entre el niño que ha de intentar ser todo cristiano y la Madre que lo aprieta siempre en sus brazos[9].

     

    J. De la Vega (2012)

     

    [1] Cfr. Beato Juan Pablo II, Audiencia General, 19-XII-1979.

     

    [2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2522.

     

    [3] Mons. Javier Echevarría, Encuentro público de catequesis en Las Palmas de Gran Canaria, 7-II-2004.

     

    [4] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2521.

     

    [5] Congregación para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n. 90.

     

    [6] Predicación oral de san Josemaría, recogida por Salvador Bernal en “Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer”, ed. Rialp, Madrid, p. 19.

     

    [7] Camino, n. 376.

     

    [8] Es Cristo que pasa, n. 69.

     

    [9] San Josemaría, Artículo La Virgen del Pilar en “El libro de Aragón”, CAMP, Zaragoza 1976. Publicado también en www.sanjosemaria.info.

     

  • Los Temperamentos – Píldora Formativa 01

    Los Temperamentos – Píldora Formativa 01

    Presentamos el primero de una serie de vídeos orientados a la formación del carácter. Esta serie la queremos bautizar como “Píldoras Formativas”. Esperemos que os gusten y disculpéis los pequeños errores y carencias que existan.

  • Educar en el pudor (2): La infancia y la adolescencia

    Educar en el pudor (2): La infancia y la adolescencia

    La adolescencia es una etapa fundamental en la vida de cada persona. Se necesita sentir la libertad y al mismo tiempo se necesita sentirse ligado a los demás. La educación en esta etapa es diferente. Algunas sugerencias en este editorial.

     

    El periodo que va, más o menos, entre los siete y los doce años –cuando ya empiezan a asomarse algunos rasgos de la adolescencia– corresponde a la época más dulce del crecimiento para padres e hijos, sobre todo si previamente la educación ha sido bien llevada. El hijo o la hija ya es capaz de atender por sí solo sus asuntos, pero cuenta mucho con sus padres y les suele confiar todas sus cosas. Hay un verdadero afán de saber, de despejar cualquier incógnita. Y, cuando se utilizan las palabras adecuadas, comprenden muy bien lo que se les transmite.

     

    Esa relativa tranquilidad no debe ser una excusa para descuidar la tarea educativa, pensando quizás que las cosas van bien por sí mismas. Debe ser, en cambio, la época en la que se asientan en la cabeza las ideas y los criterios que configurarán en el futuro su vida. Podría decirse que es el momento de explicarlo todo, incluso adelantándose a lo que se encontrarán más adelante.

     

    Los años dulces

     

    Han llegado los años para explicar a los hijos no ya solamente las manifestaciones del pudor, sino su mismo sentido. Entenderán, por ejemplo, que el vestido no sólo tapa el cuerpo, sino que viste a la persona; que muestra cómo queremos darnos a conocer, que representa el respeto que pedimos y que damos.

     

    A la vez, los hijos deben aprender a administrar su intimidad, de forma que sólo la descubran en la medida adecuada y frente a las personas adecuadas. La prudencia –es la virtud en juego aquí– se adquiere con la rectitud, la experiencia y el buen consejo, y en este aprendizaje los padres tienen mucho que decir. Los pequeños esperan de ellos una relación de confianza, un interés y una guía que les haga sentirse más seguros en este incipiente desarrollo de la personalidad. Ratificando o corrigiendo, según los casos, aprenden qué es lo que se debe confiar, a quién y por qué.

     

    El riesgo que existe a estas edades es que el afán de aprender derive en una curiosidad indiscriminada, a veces indiscreta; y en un deseo de experimentar novedades, también con el propio cuerpo. De ahí la importancia de que los padres atiendan todas las preguntas que se les puedan formular, sin escabullirse ni dejarlas para un futuro incierto, y las contesten de modo adecuado a la sensibilidad de los hijos. Por ejemplo, estas edades son el auténtico momento de la educación afectiva bien entendida. No les mintáis: yo he matado todas las cigüeñas. Decidles que Dios se ha servido de vosotros para que ellos vinieran a la tierra, que son el fruto de vuestro amor, de vuestra entrega, de vuestros sacrificios… Para eso habéis de haceros amigos de los hijos, darles pie para que hablen de sus cosas confiadamente [1] . En este contexto se transmite el valor del cuerpo humano, y la necesidad de tratarlo con respeto, evitando todo lo que lleve a considerarlo como un objeto, sea de placer, de curiosidad o de juego.

     

    Conviene asimismo adelantarse a los acontecimientos, explicando los cambios corporales y psicológicos que les sobrevendrán con la adolescencia, que así sabrán aceptar con naturalidad cuando llegue el momento. Hay que evitar que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo –que es en sí mismo noble y santo– de una mala confidencia de un amigo o de una amiga [2] . También aquí debe imperar el sentido positivo. Sin omitir la referencia a los peligros de un ambiente permisivo, que por lo demás los niños suelen percibir ya en edades tempranas, se trata de enfocar la cuestión como una oportunidad de crecimiento para sus almas y sus cuerpos, si saben esforzarse reaccionar positivamente ante los estímulos negativos. El pudor constituirá –ya lo constituye– una efectiva defensa y ayuda para guardar la pureza del corazón.

     

    Los años difíciles

     

    Los años correspondientes al inicio de la adolescencia, y a la adolescencia misma, son, en el tema que nos ocupa, más difíciles para los padres. En primer lugar, porque los hijos se hacen más celosos de su intimidad. A veces adoptan también actitudes contestatarias, que pueden parecer no tener otro motivo que llevar la contraria. Esto puede causar un cierto desconcierto en los padres, que intuyen –con razón– que parte de su intimidad ya no la comparten con ellos, sino con los amigos o amigas. También resultan desconcertantes los cambios de humor: los hijos pasan de momentos en los que exigen que nadie entre en su mundo, a otros en los que reclaman una atención tal vez desproporcionada. Es importante saber detectar estos últimos, y hacer lo posible por escucharles, pues no se puede saber cuándo se presentará la siguiente oportunidad.

     

    Estos deseos de independencia e intimidad no son solo necesarios; son también una nueva oportunidad para fomentar el crecimiento de su personalidad. Los adolescentes tienen especialmente la necesidad de cultivar espacios de intimidad, y deben aprender a mostrarla o reservarla según las circunstancias. La ayuda que los padres les pueden ofrecer en este campo consiste, en gran parte, en saber ganarse su confianza, y saber esperar. Estar disponibles e interesarse por sus cosas, y saber aprovechar esos momentos –siempre los hay– en que los hijos les buscan o en el que las circunstancias exigen una conversación.

     

    La confianza se gana, no se impone. Menos aún se sustituye espiando a los hijos, leyendo sus agendas o diarios, o escuchando de qué hablan con los amigos, o entrando en relación con ellos –usando una identidad falsa– a través de las redes sociales. Aunque algunos padres crean que lo hacen por su bien, entrometerse de ese modo en la intimidad de los hijos es el mejor modo de arruinar la confianza mutua, y en condiciones normales es objetivamente injusto.

     

    Los rasgos enumerados anteriormente tienen como efecto el que los adolescentes se miren mucho a sí mismos, desde todos los puntos de vista, entre los que ocupa un lugar relevante el físico. De ahí hay que deducir que el primer pudor que conviene ayudarles a cuidar se refiere a ellos mismos. Esto sucede tanto con las chicas como con los chicos, aunque en cada caso con matices diferentes. En ellas, la tendencia es de compararse con unos modelos estéticos que aprecian, y sentirse atractivas para el otro sexo. En ellos, domina más el afán de ser vistos como desarrollados y bien constituidos ante sus compañeros, sin que tampoco falte el deseo de ser admirados por las chicas. Gran parte de este narcisismo juvenil se practica sin testigos, pero si se les observa con atención será fácil ver algún síntoma de esta actitud, como por ejemplo cuando ellos no son capaces de resistirse a contemplarse ante algo que refleje su imagen, aunque sea yendo por la calle; o, en las chicas, la obsesiva pregunta acerca de cómo le sienta lo que se ponen.

     

    Pensar que «son cosas de la edad» y que ya se les pasará, para inhibirse, supondría un desenfoque. Son evidentemente cosas de la edad, pero por eso mismo deben ser educadas. La adolescencia es la edad en la que se despiertan los grandes ideales, y estos deben ser fomentados. Los hijos comprenden con relativa facilidad que esos ensimismamientos acaban impidiéndoles ver las necesidades de los demás. Y a partir de ahí, pueden apreciar que el pudor con uno mismo –cuidar el propio cuerpo, pero sin excesos; evitar curiosidades malsanas, etc.– es un requisito para alcanzar el corazón generoso que desean tener.

     

    Modestia y moda

     

    La adolescencia presenta también nuevas oportunidades educativas en todo lo que se refiere al modo de vivir el pudor frente a los demás, sobre todo en lo referente a modos de tratarse, conversar o vestir. Por diversos factores y de un modo más o menos agresivo según los lugares, el ambiente suele favorecer una excesiva relajación de las costumbres. Sin embargo, conviene tener en cuenta que, en la mayoría de los casos, ciertos modos de comportarse no responden a una decisión clara del hijo, o de la hija. Los adolescentes, por mucho que reivindiquen una independencia personal, son en realidad muy gregarios. Ser diferentes a sus amigos o amigas les hace sentirse extraños. No sería raro encontrarse con que ni el chico tiene una predilección por el aspecto de «cuidadoso descuido» de moda, ni la chica se siente cómoda con formas de vestir poco pudorosas… pero el miedo a sufrir un rechazo entre sus iguales les hace querer ir como los demás.

     

    El remedio no está en aislar a los hijos del grupo: necesitan a sus amigos o amigas, también para madurar. Lo que hace falta es enseñar a ir contracorriente. Y hay que saber hacerlo. Si el hijo o la hija se escudan en que todas sus amistades «van así», los padres, en primer lugar, deben explicarles la importancia de valorar su propia personalidad, y ayudarles a que tengan buenas amistades; y, en segundo lugar, deben procurar entablar ellos mismos amistad con los padres de los amigos, para así ponerse de acuerdo en este y en otros asuntos.

     

    En todo caso, no se debe ceder. Cualquier forma de vestir que resulta contraria al pudor o a un elemental buen gusto no debe entrar en el hogar. Los padres deben advertirlo y, cuando llegue el momento, hablar con los hijos, con serenidad, pero con firmeza,  y dándoles las razones de su comportamiento. Si durante la infancia convenía que quien explicase estos temas fuera el padre al hijo y la madre a la hija, ahora –en muchas ocasiones– suele ser oportuno que también intervenga el otro. Así, por ejemplo, ante una hija adolescente que no entiende por qué no debe utilizar una ropa que la exhibe demasiado, su padre puede aportar lo que quizás no acaba de comprender: que de esa manera atrae las miradas de los chicos, pero en modo alguno su aprecio.

     

    Como en otros asuntos, padre y madre pueden contar a sus hijos, de una forma prudente, las lecciones que ellos mismos aprendieron cuando ellos eran adolescentes, así como lo que verdaderamente buscaban en la persona con la que pensaban que podrían compartir su vida. Son conversaciones que quizás, en un primer momento, no parezcan tener mucho efecto, pero a la larga lo tienen, y los hijos acaban agradeciéndolas.

     

    Cuando hablamos de la formación en el pudor, la tarea de los padres debe también extenderse, en la medida de sus posibilidades, al entorno en el que se mueven los hijos. Una primera manifestación es la elección de los lugares de vacaciones. En muchos países, las playas en verano son poco aconsejables; incluso cuando se ponen medios para evitar un panorama poco edificante, el clima general es tan descuidado que dificulta el decoro. Análogamente, si se inscribe al hijo a alguna actividad recreativa o en un campamento, sería absurdo no informarse bien de qué medios ponen los organizadores para velar porque el tono humano sea alto.

     

    Otro campo que hay que tener en cuenta es el de los lugares de diversión de los hijos, sobre todo porque la presión del grupo es más fuerte en la adolescencia. Es importante que los padres conozcan los sitios por donde se mueven los jóvenes, y que intenten dar alternativas poniéndose de acuerdo con otros padres. Un tercer lugar lo tienen más a mano: la habitación de los hijos. Es normal que quieran poner elementos decorativos a su gusto, pero esa independencia debe tener un límite, marcado sobre todo por la dignidad de lo que se quiere colocar.

     

    Por lo demás, es lógico que alguna vez los padres encuentren resistencias en los hijos, por la natural tendencia de los adolescentes a querer afirmar su independencia de los padres y los adultos en general, y por su falta de experiencia. Muchas veces una desobediencia –no es posible, ni deseable, controlarlo todo–, lleva consigo una lección, y con ella un escarmiento que hay que saber aprovechar. Cuando sucede una dificultad, no hay que perder la serenidad. Quizás también los padres aprendieron así más de una vez cuando tenían la edad de sus hijos. La acción educativa requiere siempre una gran dosis de paciencia, especialmente en ámbitos como este, en el que los criterios que se les quiere transmitir pueden parecer a los jóvenes exagerados en un primer momento. Ya llegará el tiempo en que los entiendan mejor y los asuman como propios, siempre y cuando no falte la insistencia –con cariño, buen humor y confianza– por parte de unos padres convencidos de que vale la pena educar así.

     

    J. De la Vega (2012)

     

    ———-

     

    San Josemaría, Predicación oral, recogida por Carlos Soria en “Maestro de buen humor”, ed. Rialp, Madrid, p. 99.

     

    [2] Conversaciones , n. 100.

     

  • Educar en las nuevas tecnologías

    Educar en las nuevas tecnologías

    La tecnología vertebra en gran medida la vida de los hombres y mujeres de hoy. Tenemos que encauzarla para que su uso nos ayude a desarrollarnos como personas, como se sugiere en este editorial.

     

    Las nuevas generaciones han nacido en un mundo interconectado al que sus padres no estaban acostumbrados. Acceden muy pronto a internet, a las redes sociales, a los chats, a las video consolas. Su capacidad de aprendizaje en este ámbito avanza al mismo ritmo vertiginoso con que se desarrollan las tecnologías.

     

    Desde tempranas edades los niños y jóvenes están expuestos a un universo aparentemente sin fronteras. Esta situación ofrece una gran cantidad de beneficios, pero al mismo tiempo comporta algunos riesgos que hacen aún más necesaria la cercanía y la orientación de los padres.

     

    Conviene asomarse positivamente a la “era digital”, porque como señala Benedicto XVI, «si se usa con sabiduría, puede contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano»[1]. Pero a la vez, la realidad presenta hechos que no se pueden ignorar: por ejemplo, que la sobre-exposición de los niños a las pantallas ha sido asociada a riesgos de salud como la obesidad, y a conductas agresivas o problemáticas en el colegio.

     

    La tecnología vertebra en gran medida la vida de los hombres y mujeres de hoy. Tenemos que encauzarla para que su uso nos ayude a desarrollarnos como personas, y estar atentos para que los hijos la utilicen de forma adecuada. Educar requiere una buena dosis de paciencia y planificación, pero cuando se habla de nuevas tecnologías es necesario, además, que los padres adquieran un cierto conocimiento, algunas ideas y un poco de práctica, para formarse un criterio y orientar a los hijos acertadamente.

     

    Cada vez más, los dispositivos tecnológicos permanecen conectados a internet. Esto permite llegar a audiencias muy amplias y abre la posibilidad de difundir mensajes de forma inmediata y, a prácticamente, sin costo. A la vez, produce incerteza de quiénes tendrán acceso a esos contenidos y cuándo lo harán.

     

    La experiencia de los últimos años enseña que las nuevas tecnologías no son una mera herramienta que permite obtener una mejora en la extensión y el nivel de la comunicación, sino que en cierta manera han pasado a constituir un ambiente, un lugar[2], se han convertido en uno de los tejidos conectivos de la cultura, a través del cual se expresa la identidad[3].

     

    Parte de la tarea de los padres cristianos de hoy es enseñar a santificar este ambiente, ayudando a los chicos a comportarse virtuosamente en el mundo digital, haciéndoles ver que también es un ámbito para expresar su identidad cristiana. Con los cambios tan continuos y radicales no sería eficaz facilitar solo un listado de reglas, que enseguida quedarían obsoletas; la obra educativa debe buscar la formación en virtudes. Sólo de ese modo, niños y jóvenes podrán llevar una vida buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos que les impidan la consecución del bien en la esfera digital. Como señala el Papa Francisco «la problemática no es principalmente tecnológica. Nos tenemos que preguntar ¿somos capaces, también en este campo, de llevar a Cristo, o mejor, de llevar al encuentro de Cristo?»[4]

     

    Al mismo tiempo, para evitar poner en peligro innecesario a los hijos, hay que estudiar a partir de qué momento  es oportuno que utilicen dispositivos digitales, y cuáles se ajustan más a la madurez propia de su edad. En muchas ocasiones, será posible «incluir el uso de un filtro tecnológico en los dispositivos, para protegerlos lo más posible de la pornografía y de otras amenazas»[5], sabiendo, al mismo tiempo, que la vida virtuosa es el único filtro que no falla y está disponible de modo continuo.

     

    Virtudes en juego: importancia del buen ejemplo

     

    La familia es escuela de virtudes: crecen mediante la educación, mediante actos deliberados y con el esfuerzo perseverante. La gracia divina las purifica y las eleva[6]. Siendo la familia el lugar donde se aprenden las primeras nociones del bien y del mal, de los valores, es en el hogar donde se va construyendo el edificio de las virtudes de cada niña y de cada niño.

     

    Hay estilos de vida que facilitan el encuentro de los hijos con Dios, y otros que lo dificultan. Es lógico que los padres cristianos procuren formar en sus hijos una mentalidad y un corazón cristianos, y que pongan los medios para que su familia sea una escuela de virtudes. La meta es que cada hijo aprenda a tomar sus decisiones con madurez humana y espiritual, de forma adecuada a su edad. Las nuevas tecnologías son un aspecto más que debería estar presente en las conversaciones y también en las reglas organizativas del hogar, que suelen ser pocas y dependen de la edad de los hijos.

     

    Las virtudes no se pueden vivir de modo aislado, en unos aspectos concretos de la vida y no en otros. Por ejemplo, ayudar a un chico a que no sea caprichoso en la comida o el juego, le ayudará también a comportarse mejor en el mundo digital, y viceversa.

     

    Las nuevas tecnologías atraen a todos. Enseñar virtudes implica que los padres han de saber contagiar la exigencia personal, dando ejemplo de moderación. Si los chicos son testigos de nuestras luchas, se sentirán estimulados a poner más de su parte. Por ejemplo, prestar atención al hablar con ellos: dejar el periódico de lado, quitar el sonido de la televisión, centrar la mirada en quien habla, no estar pendiente del teléfono. Y cuando es una conversación importante, se apagan los dispositivos para que no nos interrumpan. «La educación exige de los padres comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo»[7].

     

    Cuando son más pequeños

     

    Es la niñez el momento cuando se empieza a practicar las virtudes, y a aprender el buen uso de la libertad. De hecho, en esta etapa se dan los períodos sensitivos para desarrollar con más facilidad el carácter: podemos decir que se construyen las autopistas que se recorrerán en la vida.

     

    Aunque toda regla general es matizable, la experiencia de muchos educadores dice que cuando los hijos son muy jóvenes es preferible que no tengan dispositivos electrónicos avanzados (Tabletas, Smartphones, Consolas). También por motivos de sobriedad, es aconsejable que sean de propiedad de la familia y que, en general, se tienda a utilizarlos en lugares comunes, con un plan para ayudar a los hijos a moderar su uso, con normas y horarios familiares que protejan otros tiempos fundamentales para el estudio, el descanso y la vida de familia, y que permitan aprovechar el tiempo y descansar las horas oportunas.

     

    Al mismo tiempo que los niños conocen los beneficios y los límites del mundo digital, conviene enseñarles el valor del contacto humano directo que ninguna tecnología puede sustituir. En el momento adecuado, hay que acompañarles por el ambiente digital como un buen guía de montaña, para que no se hagan daño ni lo causen a los demás. Consultar juntos internet, “perder tiempo” jugando en una Consola o fijar los ajustes de un Smartphone serán oportunidades concretas para entablar conversaciones más profundas. «Los padres y los hijos deberían discutir juntos lo que se ve y experimenta en el ciberespacio. También es útil compartir con otras familias que tienen los mismos valores y preocupaciones»[8].

     

    A estas edades, sería desproporcionado que tuvieran dispositivos que estén conectados constantemente a internet. Es mejor que sigan un plan de acceso de tiempo determinado, que se conecten sólo en lugares y horarios claros (desconectándose o apagándolo por las noches), a la vez que se les enseña a protegerse de situaciones riesgosas, que tengan la tranquilidad de poder recurrir siempre a los padres. Como enseñaba San Josemaría, «el ideal de los padres se concreta en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable»[9].

     

    Adolescentes

     

    Al llegar a la adolescencia, los hijos reclaman con gran fuerza unas cuotas de libertad que en muchos casos no son capaces de manejar adecuadamente. Esto no significa que haya que privarles de la autonomía que les corresponde; se trata de algo mucho más difícil: es preciso enseñarles a administrar su libertad responsablemente. Sólo entonces serán capaces de lograr un ensanchamiento de miras que les permita aspirar a objetivos altos.

     

    Como afirma Benedicto XVI, «educar es dotar a las personas de una verdadera sabiduría, que incluye la fe, para entrar en relación con el mundo; equiparlas con suficientes elementos en el orden del pensamiento, de los afectos y de los juicios»[10]. En la adolescencia la formación se adquiere libremente y, aparte de las lógicas reglas de la vida familiar, los padres cuentan con un recurso fundamental: el diálogo. Es importante explicar el porqué de algunos comportamientos, percibidos quizá por el joven como formalismos; o las razones de fondo de algunas maneras de hacer que pueden ser vistas como límites, y que en realidad no son simples prohibiciones sino grandes afirmaciones en las que se forja una personalidad auténtica, que sabe ir contra corriente. Es más eficaz mostrar cómo la virtud es atractiva ya ahora, haciendo presentes los ideales magnánimos que llenan sus corazones, los grandes amores que les mueven: la lealtad hacia sus amigos, el respeto a los demás, la necesidad de vivir la templanza y la modestia, etc.

     

    La labor de los padres se facilita cuando conocen los intereses de sus hijos. No se trata de espiarles, sino de generar la confianza suficiente para que se sientan cómodos hablando de lo que les atrae, de saber lo que les interesa y, en su caso, compartir tiempo y aficiones con ellos. Hay jóvenes que escriben blogs o usan las redes sociales, y sus padres no los conocen o nunca han leído ninguno de sus textos, por lo que el hijo puede pensar que lo que ellos hacen no interesa o no gusta a sus padres. Para algunos padres, ver con cierta frecuencia lo que escriben y crean sus hijos en internet supondrá un grato descubrimiento y un motivo de enriquecimiento de la conversación y la vida familiar.

     

    También a estas edades es conveniente fomentar el valor de la austeridad en cuanto a los dispositivos, gadgets y programas (aplicaciones, etc.). Enseñar a vivir el desprendimiento, no sólo por lo que cuesta el hardware y el software, sino para «no dejarse dominar por las pasiones, pasar de una cosa a otra sin discernimiento, seguir la moda del momento»[11], que en ocasiones, es un comportamiento inducido por las empresas, y de la que no se pueden librar fácilmente.

     

    También será una forma de enseñarles a vivir la moderación con el tiempo que pasan en las redes sociales, video consolas, juegos en línea, etc. Al proponer en casa estas líneas cuentan mucho las “explicaderas” y, sobre todo, la coherencia de los padres: vivirlas personalmente es el mejor modo de comunicarlas en un ambiente de cariño y libertad.

     

    Saber explicar los porqués no requiere tener un conocimiento técnico avanzado. En muchos casos los consejos que los chicos necesitan para desenvolverse en los ambientes digitales son los mismos que apuntalan el comportamiento en los espacios públicos: buenas maneras, recato y pudor, respeto al prójimo, cuidado de la vista, dominio de sí, etc.

     

    De acuerdo a la edad de cada hijo, resulta crucial mantener conversaciones profundas sobre la educación de la afectividad y la verdadera amistad. Vale la pena recordar a los chicos que lo que se publica en la red suele ser accesible a un sinnúmero de personas en cualquier parte del mundo y que casi todas las acciones que se hacen en el medio digital dejan un rastro al que se puede acceder a través de búsquedas. El mundo digital es un gran espacio en el que hay que moverse con naturalidad y, a la vez, con mucho sentido común. Si en la calle, al chico no se le ocurre hablar con el primero con el que se cruza, en la red, tampoco. Una fluida comunicación familiar ayudará a entender todo esto, y a crear un ambiente de confianza en el que se puedan resolver las dudas y expresar las incertidumbres.

     

    Juan Carlos Vásconez

     

    @jucavas

     

    Diciembre 2013

     

    [1] Benedicto XVI, Mensaje para la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (2011).

     

    [2] Cfr. Benedicto XVI, Mensaje de la XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (2013). [3] Cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,(2009).

     

    [4] Francisco, Discurso al Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, 21 de septiembre de 2013, n. 3.

     

    [5] Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, La Iglesia e Internet, (2002), n. 11.

     

    [6] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1839.

     

    [7] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27

     

    [8] Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, La Iglesia e Internet, (2002), n. 11

     

    [9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27

     

    [10] Benedicto XVI, Discurso a los Obispos italianos, 27 de mayo 2008, “La Emergencia Educativa”, n. 11

     

    [11] Francisco, Discurso en la Basílica de Santa María la Mayor, 4 de mayo de 2013, n. 3.

     

  • Educar en libertad

    Educar en libertad

    La confianza que se nos muestra nos mueve a obrar; y nos paraliza, en cambio, sentir que desconfían de nosotros. Por eso, es muy ventajoso ayudar a los hijos a administrar su libertad.

     

    Dios ha querido crear seres libres, con todas sus consecuencias. Como un buen padre, nos ha dado la falsilla –la ley moral– para que podamos utilizar correctamente la libertad, es decir, de forma que revierta en nuestro propio bien. Junto a esto, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad?(1).

     

    De algún modo, se puede decir que el Todopoderoso ha aceptado someter sus propios designios a la aprobación del hombre; que Dios condesciende con nuestra libertad, con nuestra imperfección, con nuestras miserias?(2), porque prefiere nuestro amor libremente entregado a la esclavitud de un títere; prefiere el aparente fracaso de sus planes a poner condiciones a nuestra respuesta.

     

    San Josemaría cita en Camino un “dicho” atribuido a Santa Teresa: «Teresa, yo quise… Pero los hombres no han querido»?(3). El sacrificio de Cristo en la Cruz es la muestra más elocuente de hasta qué punto Dios está dispuesto a respetar la libertad humana; y si Él llega a esos extremos –pensará un padre cristiano–, ¿quién soy yo para no hacerlo?

     

    Querer a los hijos es querer su libertad. Pero eso también supone correr un riesgo, exponerse a la libertad de los hijos. Únicamente así su crecimiento es propiamente suyo: una operación vital, inmanente, y no un automatismo o un reflejo condicionado por la coacción o la manipulación.

     

    Del mismo modo que la planta no crece porque la estire el jardinero, sino porque hace suyo el alimento, el ser humano progresa en humanidad en la medida en que asume libremente el modelo que inicialmente recibe. Por eso, los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales?(4).

     

    UNA LIBERTAD QUERIDA Y RE-QUERIDA

     

    Por eso, querer la libertad de los hijos está muy lejos de una despreocupada indiferencia sobre cómo la utilizan. La paternidad prolonga en la educación lo que tuvo inicio en la generación. Por tanto, amar la libertad de los hijos quiere decir también saber requerirla. 

     

    Como hace Dios con el hombre, suaviter et fortiter, los padres han de saber invitar a sus hijos a usar de sus capacidades de modo que crezcan como personas de bien. Quizá se presenta una buena ocasión cuando piden permiso para determinados planes; entonces, puede ser oportuno responder que es él quien ha de decidir tras ponderar todas las circunstancias del caso, pero que ha de preguntarse si realmente le conviene o no lo que pide, ayudándole a distinguir la necesidad del capricho, a que entienda que no es justo derrochar lo que muchos no se pueden permitir, etc.

     

    Haciendo un juego de palabras, podemos imaginar que “requerir” se refiere a una especie de doble querer: querer y re-querer. No es posible requerir la libertad humana si previamente no se quieren sus consecuencias, si no se asumen y respetan. Por eso, un auténtico respeto a la libertad ha de promover el esfuerzo intelectual, y exigencias morales que ayuden a la persona a vencerse, a superarse. Ésta es la forma de todo humano crecimiento. Por ejemplo, los padres han de pretender de sus hijos, según sus edades, que respeten ciertos límites. Algunas veces puede resultar necesario el castigo, aplicándolo con prudencia y moderación, dando las razones oportunas y, desde luego, sin violencia.

     

    Ofrecer confianza y animar, con paciencia, da los mejores resultados. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y –más de una vez– en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal?(5).

     

    En cualquier caso, la tarea formativa consiste en procurar que las personas quieran; en definitiva, en suministrar los instrumentos intelectuales y morales para que cada uno sea capaz de hacer el bien por propio convencimiento.

     

    SABER CORREGIR

     

    Respetar a la persona y su libertad no significa dar por válido todo lo que una persona piense o haga. Los padres han de dialogar con sus hijos sobre lo bueno y lo mejor y, en alguna circunstancia, inevitablemente deberán tener el valor de corregir con la necesaria energía. Ellos, que no sólo respetan a sus hijos sino que los aman, no toleran cualquier comportamiento.

     

    El amor es lo menos tolerante, permisivo o condescendiente que encontramos en las relaciones humanas: porque, si bien es posible querer a una persona con sus defectos, no lo es quererla por sus defectos. El amor desea el bien de la persona, que ésta dé lo mejor de sí, que alcance la felicidad; y por eso quien ama pretende que el otro luche contra sus deficiencias, y sueña con ayudarle a corregirlas.

    Una conducta correcta suele ser resultado de muchas correcciones, y éstas serán más eficaces si se administran con sentido positivo, poniendo sobre todo de relieve lo que se puede mejorar en el futuro.

    Siempre son más los elementos positivos de una persona –al menos potencialmente– que sus defectos, y esas buenas cualidades son las que la hacen amable; pero no se aman las cualidades positivas sino a las personas que las poseen, y que las poseen conjuntamente con otras que quizá no lo son tanto. Una conducta correcta suele ser resultado de muchas correcciones, y éstas serán más eficaces si se administran con sentido positivo, poniendo sobre todo de relieve lo que se puede mejorar en el futuro.

     

    A la luz de lo anterior, se advierte que toda forma de educar apela a la libertad de las personas. En eso se distingue, precisamente, educar de amaestrar o instruir. “Educar en libertad” es un pleonasmo: no se dice ni más ni menos que “educar”.

     

    EL VALOR EDUCATIVO DE LA CONFIANZA

     

    Sin embargo, la expresión “educar en libertad” permite hacer hincapié en la necesidad de formar en un clima de confianza. Como ha sido puesto de relieve, las expectativas de los demás en relación a nuestro comportamiento funcionan como motivos morales de nuestras acciones.

     

    La confianza que se nos muestra nos mueve a obrar; y nos paraliza, en cambio, sentir que desconfían de nosotros. Esto resulta patente en el caso de las personas más jóvenes o de los adolescentes, que aún están modelando su carácter y valoran mucho el juicio de los demás.

     

    Confiar significa tener fe, dar crédito a alguien, considerarle capaz de verdad: de manifestarla o de guardarla, según los casos, pero también de vivirla. La confianza que se da al otro suele provocar un doble efecto: de manera inmediata, un sentimiento de gratitud, porque se sabe beneficiado por un don; además, la confianza favorece el sentido de responsabilidad.

     

    Quien me pide algo importante espera que se lo dé, porque ya confía en que puedo dárselo: tiene de mí un concepto elevado. Si esa persona se fía de mí, me siento movido a satisfacer sus expectativas, a responder de mis actos. Confiar en alguien es un modo muy profundo de encomendarle algo.

     

    Gran parte de lo que pueden hacer los educadores depende de cuánto han sabido suscitar esta actitud en las personas. En particular los padres han de ganarse la confianza de sus hijos, dándosela ellos primero. A ciertas edades tempranas, conviene estimular el uso de su libertad; por ejemplo, han de pedirles cosas, y dar explicaciones sobre lo bueno y lo malo. Pero esto carecería de significado si faltara la confianza, ese mutuo sentimiento que ayuda a la persona a abrir su intimidad, sin el cual es difícil proponer metas y tareas que contribuyan al crecimiento personal.

     

    La confianza se da, se logra, se genera; no se puede imponer, ni exigir. Uno se hace digno de confianza por su ejemplo de integridad, yendo por delante en dar lo que pide a los otros. Así se adquiere la autoridad moral necesaria para requerir a los demás; y se advierte que educar en libertad hace posible educar la libertad.

     

    EDUCAR LA LIBERTAD

     

    La educación bien puede entenderse como una habilitación de la libertad en orden a percibir la llamada de lo valioso –de lo que enriquece e invita a crecer–, y a afrontar sus requerimientos prácticos. Y eso se logra proponiendo usos de la libertad, planteando tareas llenas de sentido.

     

    Cada edad de la vida tiene sus aspectos positivos. Uno de los más nobles que tiene la juventud es la facilidad para confiar y responder positivamente a la exigencia amable. En un tiempo relativamente corto pueden apreciarse cambios notables en jóvenes a quienes se han confiado encargos que podían asumir, y que apreciaban como importantes: ayudar a una persona, colaborar con los padres en alguna función educativa…

     

    Por el contrario, esa nobleza se manifiesta, en forma pervertida y a menudo violenta, contra quienes se limitan a halagar sus caprichos. A primera vista, esta actitud es más cómoda, pero a la larga los costes son mucho más gravosos y, sobre todo, no ayuda a madurar, pues no les prepara para la vida.

     

    Quien se acostumbra desde pequeño a pensar que todo se resuelve de forma automática, sin ningún esfuerzo o abnegación, probablemente no sazonará a su tiempo. Y cuando la vida hiera –cosa que inevitablemente hará–, quizá no tenga arreglo. El hombre debe modelar su carácter, aprender a esperar los resultados de un esfuerzo largo y continuado, a superar la esclavitud de lo inmediato.

     

    Ciertamente, el ambiente hedonista y consumista que hoy respiran muchas familias en el llamado “primer mundo” –y también en otros muchos ambientes de países menos desarrollados–, no facilita captar el valor de la virtud o la importancia de retrasar una satisfacción para obtener un bien mayor.

     

    Pero frente a esta circunstancia adversa, el sentido común pone de manifiesto la importancia del esfuerzo: por ejemplo, en nuestros días cuenta con especial vigor la referencia a la cultura deportiva, en la que se advierte que quien desea ganar una medalla ha de estar dispuesto a sufrir entrenamientos prolongados y arduos.

     

    En general, la persona que es capaz de orientarse libremente hacia bienes que realmente “merecen la pena” ha de estar preparada para afrontar tareas de gran envergadura (aggredi),y para resistir con tenacidad en el empeño cuando llega el desaliento y aparecen las dificultades (sustinere). Estas dos dimensiones de la fortaleza suministran la energía moral para no conformarnos con lo ya logrado y seguir creciendo, llegar a ser más. Hoy es especialmente importante mostrar con elocuencia que una persona que dispone de esa energía moral es más libre que quien no dispone de ella.

     

    Todos estamos llamados a lograr esa libertad moral, que sólo puede obtenerse con un uso –no cualquier uso– moralmente bueno de la libertad de albedrío. Constituye un reto para los educadores, y en particular para los padres, mostrar de modo convincente que el uso auténticamente humano de la libertad no consiste tanto en hacer lo que nos dé la gana, como en hacer el bien porque nos da la ganaque, como solía decir San Josemaría, es la razón más sobrenatural?(6).

     

    Es ese el camino para librarse del clima asfixiante de la sospecha y de la coacción moral, que impiden buscar pacíficamente la verdad y el bien y adherirse cordialmente a ellos. No hay ceguera mayor que la de quien se deja llevar por las pasiones, por las “ganas” (o por su falta). Quien sólo puede aspirar a lo que le apetece es menos libre que quien puede perseguir, no sólo en teoría sino con obras, un bien arduo.

     

    No hay desgracia mayor que la de quien, ambicionando un bien, se descubre sin fuerzas para llevarlo a cabo. Porque la libertad encuentra todo su sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres?(7).

     

    J.M. Barrio

     

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    1. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 113.

     

    2. Ibid.

     

    3. Cfr. San Josemaría, Camino, n. 761.

     

    4. San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 104.

     

    5. Ibid.

     

    6. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 17.

     

    7. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 27.

     

  • Educar en amistad

    Educar en amistad

    “El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos”, decía san Josemaría. Sólo así se crea la confianza que hace posible su educación.

     

    Lo más importante de la educación no consiste en transmitir unos conocimientos o habilidades: es, ante todo, ayudar al otro a que crezca como persona, a que despliegue todas sus potencialidades, que son un don que ha recibido de Dios.

     

    Lógicamente, también es necesario instruir, comunicar contenidos, pero sin perder nunca de vista que educar tiene un sentido que va más allá de enseñar unas capacidades manuales o intelectuales. Implica poner en juego la libertad del educando y, con ésta, su responsabilidad.

     

    De ahí que, en cuestiones de educación, es preciso proponer metas, objetivos adecuados que, dependiendo de cada edad, puedan ser percibidos como algo sensato que da significado y valor a la tarea emprendida.

     

    EDUCAR CON LA AMISTAD

     

    Al mismo tiempo, no se puede olvidar que, especialmente en las primeras fases del crecimiento, la educación tiene una importante carga afectiva. La voluntad y la inteligencia no se desarrollan al margen de los sentimientos y de las emociones. Es más, el equilibrio afectivo es requisito necesario para que la inteligencia y la voluntad se desplieguen; si no, es fácil que se produzcan alteraciones en la dinámica del aprendizaje y quizá, más adelante, desajustes en la personalidad.

     

    Pero, ¿cómo conseguir ese orden y medida en los afectos del niño, y después en los del adolescente y del joven? Quizá nos encontramos ante una de las preguntas más arduas para el quehacer pedagógico, entre otras razones porque se trata de un asunto práctico que incumbe a cada familia. De todos modos, se puede avanzar una primera respuesta: es vital generar confianza.

     

    Padres: no os excedáis al reprender a vuestros hijos, no sea que se vuelvan pusilánimes?(1), recomienda el Apóstol. Es decir, nuestros hijos se volverían temerosos, sin audacia, con miedo a tomar responsabilidades. Pussillus animus: un espíritu pequeño, mezquino.

     

    Generar confianza tiene que ver con la amistad, que es el ambiente que hace surgir una acción verdaderamente educativa: los padres han de procurar hacerse amigos de los hijos. Así lo aconsejaba San Josemaría reiteradamente: No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable?(2).

     

    A primera vista no es fácil entender qué puede significar “hacerse amigo de los hijos”. La amistad se supone entre pares, entre iguales, y esa igualdad contrasta con la asimetría natural de la relación paterno-filial.

     

    Siempre es mucho más lo que los hijos reciben de los padres que lo que eventualmente pueden llegar a darles. Nunca será posible saldar la deuda que tienen con ellos. Los padres no suelen pensar que se sacrifican por sus hijos cuando de hecho lo hacen; no ven como privación lo que para sus hijos es regalo. Reparan poco en sus propias necesidades o, más bien, convierten en propias las necesidades de sus hijos. Llegarían a dar la vida por ellos y, de hecho, ordinariamente la están dando sin advertirlo. Es muy difícil encontrar una gratuidad mayor entre personas.

     

    Sin embargo, también es verdad que los padres se enriquecen con los hijos; la paternidad es siempre una experiencia novedosa, como lo es la persona misma. Los padres reciben algo muy importante de sus hijos: en primer lugar, cariño, algo que ningún otro podrá darles por ellos, pues cada persona es única; y, además, la oportunidad de salir de sí mismos, de “expropiarse” en la entrega al otro –el marido a su mujer, la mujer al marido, y ambos a los hijos–, y así crecer como personas.

     

    La persona sólo puede hallar su plenitud en el amor. Como enseña el Concilio Vaticano II, «el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»?(3). Dar y recibir amor es lo único que alcanza a llenar la vida humana de contenido y “peso”: «amor meus, pondus meum», dice San Agustín?(4). Ahora bien, el amor es más vivo en quien es capaz de pasarlo mal por la persona que quiere, que en quien sólo es capaz de pasarlo bien con él.

     

    El amor entraña siempre sacrificio, y es lógico que generar esa atmósfera de confianza y amistad con los hijos lo requiera también. El ambiente de una familia se debe construir, no es algo que uno se encuentre dado. Esto no implica que se trate de un proyecto difícil, o que requiera una especial preparación: supone estar atento a los pequeños detalles, saber manifestar en gestos el amor que se lleva dentro.

     

    El entorno familiar se relaciona en primer lugar con el cariño que se tienen y muestran los esposos: podría decirse que el cariño que reciben los hijos es la sobreabundancia del que se muestran los padres. De ese ambiente viven los niños, aunque quizá lo perciben sin ser conscientes de su existencia.

     

    Lógicamente, esa armonía se vuelve aún más importante cuando se trata de acciones que afectan directamente a los hijos. En el campo de la educación, es capital que los padres marchen al unísono: por ejemplo, una medida tomada por uno de los dos, debe ser secundada por el otro; si la contraría, se educa mal.

     

    También los padres han de educarse entre sí, y educarse para educar. Un padre y una madre maleducados difícilmente serán buenos educadores. Han de crecer cuidando su vinculación matrimonial, mejorando sus virtudes. Buscando juntos refuerzos positivos para los hijos.

     

    EDUCAR PARA LA AMISTAD

     

    La confianza es el “caldo de cultivo” de la amistad. Y la amistad, a su vez, crea un ambiente amable y confiado, seguro, sereno; genera un clima que no sólo hace posible una adecuada comunicación entre los cónyuges, sino que facilita también el intercambio con los hijos y entre los hijos.

     

    En este sentido, son distintos los conflictos entre los cónyuges que entre los hermanos. Es frecuente, y hasta normal, que haya peleas entre éstos; todos, de un modo u otro, competimos por los recursos, más aún si son limitados: cada hermano querría ir siempre de la mano de su madre, o en el asiento delantero del coche, o ser el preferido de su padre, o ser el primero en desempaquetar el juguete nuevo. Pero esas riñas pueden resultar también muy educativas y ayudar a la socialización. Dan a los padres ocasión para enseñar a querer el bien del otro, a perdonar, a saber ceder o a mantener la posición, si es necesario. Las relaciones con los demás hermanos, bien enfocadas, hacen que el cariño natural a la propia familia refuerce la educación en virtudes, y forja una amistad que durará toda la vida.

     

    Pero en la familia también hay que plantear cómo se refuerza la amistad entre los cónyuges. Con frecuencia, las discusiones en el seno del matrimonio suelen estar originadas por defectos en la comunicación. Las causas pueden ser muy variadas: una distinta forma de ver las cosas, haber permitido que la rutina se adueñe del día a día, dejar que salga a flote un momento de mal humor… En cualquier caso, se ha perdido el hilo del diálogo.

     

    Es preciso examinarse, pedir perdón y perdonar. Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean –lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones– que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras?(5).

     

    Lo que esperan los hijos de los padres no es que sean muy inteligentes o especialmente simpáticos, o que les den acertadísimos consejos; ni tampoco que sean grandes trabajadores o les llenen de juguetes, o les permitan gozar de estupendas vacaciones.

     

    Lo que los hijos desean de verdad es ver que sus padres se quieren y se respetan, y que los quieren y los respetan; que les dan un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años?(6).

     

    Ciertamente, como decía San Josemaría, la familia es el primer negocio y el más fecundo de los padres, si se lleva con criterio. Supone un empeño constante por crecer en la virtud, y un esfuerzo ininterrumpido para no bajar la guardia. La dificultad está en cómo conseguirlo: ¿cómo dar un testimonio válido del sentido de la vida?; ¿cómo mantener en cada momento una conducta coherente?; en definitiva, ¿cómo educar para la amistad o, dicho de otro modo, para el amor, para la felicidad?

     

    Ya se ha apuntado que el mismo amor que los cónyuges se manifiestan y saben dar a los hijos responde en parte a estas preguntas. Además, hay dos aspectos de la educación especialmente significativos en vistas al crecimiento de la persona y a su capacidad de socialización y, por tanto, referidos directamente a su felicidad. Motivos heterogéneos, pero cada uno relevante a su manera.

     

    El primero, que en ocasiones no se valora suficientemente, es el juego. Enseñar al hijo a jugar supone tantas veces sacrificio y dedicación de tiempo, un bien escaso que todos queremos exprimir, también para descansar.

     

    Sin embargo, el tiempo de los padres es uno de los más grandes dones que el hijo podrá recibir; es muestra de cercanía, un modo concreto de amar. Sólo por esto, el juego ya contribuye a generar un ambiente de confianza que desarrolla la amistad entre padres e hijos. Pero además, el juego crea actitudes fundamentales que están en la base de las virtudes necesarias para afrontar la existencia.

     

    El segundo campo es el de la personalidad misma: el modo de ser del padre y de la madre, en su diversidad, templan el carácter y la identidad del niño o de la niña. Si los padres están presentes e intervienen positivamente en la educación de los hijos –sonriendo, preguntando, corrigiendo, sin desánimos–, les enseñarán, casi como por ósmosis, un modelo de ser persona, de cómo comportarse y enfrentar la vida.

     

    Si luchan por ser mejores, por escuchar, por mostrarse alegres y amables, ofrecen a sus hijos una respuesta gráfica a la pregunta sobre cómo llevar una existencia feliz, con los límites de aquí abajo.

     

    Esta influencia llega a lo más profundo del ser, y su importancia e implicaciones sólo se aprecian a medida que pasa el tiempo. En los modelos que padre y madre ofrecen, el hijo descubre qué aporta ser hombre o ser mujer en la configuración de un verdadero hogar; descubre también que la felicidad y la alegría son posibles gracias al amor mutuo; aprecia que el amor es una realidad noble y elevada, compatible con el sacrificio.

     

    En definitiva, de modo natural y espontáneo, el ambiente familiar hace que el hijo ponga en su vida los puntos firmes que le ayudarán a orientarse para siempre, a pesar de las desviaciones que puedan imperar en la sociedad. La familia es el lugar privilegiado para experimentar la grandeza del ser humano.

     

    Todo lo dicho constituye un aspecto peculiar de ese amor sacrificado de los padres. Por un lado, han experimentado la alegría de perpetuarse. Por otro, constatan el crecimiento de quien poco a poco va dejando de ser parte de ellos para ser, cada vez más, él mismo.

     

    También los padres maduran como padres en la medida en que ven con alegría crecer a sus hijos y depender menos de ellos. A partir de unas raíces vitales –que siempre permanecerán– se va operando el paulatino y natural desgajamiento de una nueva biografía que se despliega inédita, y que puede no corresponder a las expectativas que se alimentaron, incluso antes del nacimiento.

     

    La educación de los hijos, su crecimiento, su maduración, hasta su independencia, se afrontará con más facilidad si el matrimonio fomenta también un ambiente de amistad con Dios. Cuando la familia se sabe una iglesia doméstica?(7), el niño asimila con sencillez algunas prácticas de piedad, pocas y breves, aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres?(8).

     

    J.M. Barrio y J.M. Martín

     

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    1. Col 3, 21.

     

    2. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 27.

     

    3. Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

     

    4. San Agustín, Confesiones, XIII, 10.

     

    5. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 28.

     

    6. Ibid.

     

    7. Cfr. 1 Co 16, 19.

     

    8. San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 103.