Category: Para padres

  • Misa de san Josemaría

    Misa de san Josemaría

    Mañana viernes, 26 de junio celebraremos la Fiesta de san Josemaría con una santa Misa en la Iglesia de san José. La Misa será a las 20:00h ¡estáis todos invitados!

  • Sábado 7: Hollywoodoira

    Sábado 7: Hollywoodoira

    Este sábado vamos a participar en el festival de cine juvenil Hollywoodoira que celebra ya su XXIII Edición. Hemos preparado tres cortometrajes que presentaremos a concurso y se visualizarán en la gala del festival.

    El acto será en el auditorio del Conservatorio Superior de Vigo Martín Codax. En la Calle Manuel Olivié, 23 [Vigo], muy cerca del Doira, en el Castro.

    Vamos a hacer una salida centralizada para las familias que quieran venir y para colaborar en el transporte.

    El horario será el siguiente:
    17:30 Llegada de las familias a Tambre. Salida hacia Vigo
    18:45 Comienzo de la Gala
    19:30 Entrega de premios
    20:00 Fin de la Gala
    20:30 Cena en el Doira

    Al acabar la Gala nos acercaremos al Doira (5 minutos a pie) y tendremos la cena allí. Para quienes quieran, habrá un concurso de tartas por familia. Que cada familia aporte algo para la cena (tortilla, empanada, bebidas, etc.)

    Os animamos a venir (padres, abuelas, hijos…) agradeceríamos que confirmarais vuestra asistencia. Muchas gracias. Los vídeos están bastante bien, no os los podéis perder…

  • Los jóvenes y la diversión: ocio y tiempo libre (3)

    Los jóvenes y la diversión: ocio y tiempo libre (3)

    Fuente: artículo sobre ocio y tiempo libre publicado en la web del Opus Dei

     

    A veces, el entendimiento entre padres e hijos adolescentes no es fácil. El problema es antiguo, aunque quizá puede plantearse ahora con más frecuencia o de forma más aguda, por la rápida evolución que caracteriza a la sociedad actual. En ocasiones, el problema aparece al abordarse el uso del tiempo libre durante los fines de semana y en horarios nocturnos.

     

    LA ACTITUD DE LOS PADRES

     

    Las diversiones nocturnas preocupan cada vez más a muchos padres. Es el tiempo preferido por los jóvenes para el descanso y la diversión, constituye un negocio que ofrece múltiples posibilidades –en ocasiones, no exentas de riesgos para la salud– y mueve mucho dinero. Bastantes padres coinciden en que resulta difícil mantener la paz y la disciplina en casa al tratar este tema: las discusiones por el horario de las salidas del fin de semana pueden degenerar en batalla, y no resulta fácil encontrar argumentos convincentes para mantener una hora razonable de vuelta a casa; como consecuencia, la autoridad paterna puede debilitarse. Ante este panorama, algunos padres buscan aumentar el control sobre sus hijos; pero no tardan en comprobar que esta no es la solución. Controlar no es educar.

     

    Los hijos, al llegar a la adolescencia, reclaman con gran fuerza unas cuotas de libertad que a veces no son capaces de manejar con equilibrio. Esto no significa que haya que privarles de la autonomía que les corresponde; se trata de algo más difícil: es preciso enseñarles a administrar su libertad responsablemente, que aprendan a dar razón de lo que hacen. Sólo entonces serán capaces de lograr un ensanchamiento de miras que les permita aspirar a objetivos más altos que la mera diversión a toda costa. Por eso precisamente, educar a los hijos en libertad significa que los padres en ocasiones han de establecer límites a sus hijos e impedir con firmeza que los sobrepasen. Los jóvenes aprenden a vivir en sociedad y a ser verdaderamente libres, aprendiendo el sentido de esas reglas, y explicándoles claramente que hay puntos –deberes– “no negociables”.

     

    Es posible y no ha de sorprender que surjan conflictos de obediencia en unos años en los que se forma de modo especial el carácter y la voluntad, y se afianza la propia personalidad. A un padre portugués que refería una dificultad de ese tipo con uno de sus hijos, San Josemaría le contestó: Vamos a ser sinceros: el que no haya dado guerra a sus padres –repito, y lo mismo digo a las señoras– que levante la mano; ¿quién se atreve a hacerlo? Es justo que tus hijos también te hagan sufrir un poco[1]. En todo caso, es importante hacerles entender que los derechos que tantas veces reivindican –justamente, por otra parte, en muchos casos–, van precedidos y acompañados del cumplimiento de los deberes que les corresponden.

     

    CONVERSAR, COMPRENDER Y ENSEÑAR

     

    La educación de los jóvenes, principalmente en lo que refiere a la diversión, requiere dedicarles tiempo, atención, hablar con ellos. En el diálogo, abierto y sincero, afectuoso e inteligente, el alma descubre la verdad de sí misma. Se podría decir que la persona humana se “constituye” a través del diálogo; también por eso, la familia es el lugar privilegiado en el que el hombre aprende a relacionarse con los demás y a comprenderse a sí mismo. En ella se experimenta qué significa amar y ser amado, y ese ambiente genera confianza. Y la confianza es el clima donde se aprende a querer, a ser libre, a saber respetar la libertad del otro y a valorar el carácter positivo de las obligaciones que se tienen respecto a los demás. Sin confianza, la libertad crece raquítica.

     

    Ese ambiente de serenidad permite que los padres puedan hablar con sus hijos de una forma abierta sobre el modo en que emplean el tiempo libre, manteniendo siempre un tono de interés verdadero, eludiendo la confrontación, o el crear situaciones incómodas frente al resto de la familia. Evitarán así abandonarse a la retórica del “sermón” –que resulta poco eficaz–, o a una especie de interrogatorio –habitualmente desagradable–, a la vez que siembran «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida»[2], que permiten fundar una vida plena. No faltarán ocasiones que permitan reforzar las buenas conductas; y poco a poco conocerán en qué ambientes se mueve cada uno de sus hijos, y cómo son sus amigos.

     

    Cuando se ha cultivado la confianza con los hijos desde su infancia, el diálogo con ellos sale natural. El ambiente familiar invita a entablarlo, incluso cuando no haya acuerdo sobre algunas cuestiones, y resulta normal que el padre o la madre se preocupe por las cosas del hijo o de la hija. Es oportuno recordar las palabras de san Josemaría: dedicar un tiempo a la familia es el mejor negocio. Tiempo cuantitativo, hecho de presencia, aprovechando –por ejemplo– las comidas; y tiempo cualitativo, interior, hecho de momentos de intimidad, que ayudan a crear armonía entre los componentes de la casa. Dar tiempo a los hijos desde pequeños facilita, en la adolescencia, mantener conversaciones de cierta hondura.

     

    Sin duda, es preferible anticipar dos años las soluciones que querer resolver los problemas un día después: si se han educado las virtudes de los hijos desde pequeños, si estos han experimentado la cercanía de sus padres, resulta más sencillo ayudarles cuando se presentan los desafíos de la adolescencia. Sin embargo, no faltan padres que piensan que “no han llegado a tiempo”. Con independencia de las causas, no consiguen proponer un diálogo constructivo o que los hijos acepten ciertas normas. ¿Y si esto sucediera y se cayera en el desánimo? Es el momento de recordar que la labor de ser padres no tiene fecha de caducidad, y convencerse de que ninguna palabra, gesto de cariño o esfuerzo, orientado a ese fin –la educación de los hijos–, caerá en saco roto. Todos –padres e hijos– queremos y necesitamos segundas, terceras y más oportunidades. Se podría decir que la paciencia es un derecho y un deber de cada miembro de la familia: que los demás tengan paciencia con los defectos de uno; que uno tenga paciencia con los de los demás.

     

    Para introducir en la familia una cultura inspirada por la fe no basta, sin embargo, el diálogo. Es también importante consagrar tiempo a la vida de familia, planificando actividades que se pueden hacer juntos durante los fines de semana y las vacaciones.

     

    A veces se tratará, por ejemplo, de practicar algún deporte con los hijos; otras, de organizar excursiones y fiestas con otras familias, o de implicarse en actividades –culturales, deportivas, artísticas, de voluntariado– organizadas por centros de formación, como son los clubes juveniles. No se trata de darles todo resuelto, sino de fomentar la iniciativa de los hijos, teniendo en cuenta sus preferencias. San Josemaría nos estimulaba a trabajar más en este campo, tan importante para nuestra sociedad: Urge recristianizar las fiestas y costumbres populares. Urge evitar que los espectáculos públicos se vean en esta disyuntiva: o ñoños o paganos[3].

     

    CORTOS DE DINERO

     

    Pasear por un centro comercial, comprar alguna prenda de moda, cenar en un restaurante de comida rápida e ir al cine es un itinerario de actividades muy habitual entre los jóvenes de hoy. La oferta de ocio está dominada actualmente por la lógica del consumo. Si ese modo de divertirse se convierte en habitual, es fácil que fomente hábitos individualistas, pasivos, poco participativos y nada solidarios. Las industrias de la diversión y el descanso corren el peligro de limitar la libertad individual y deshumanizar a las personas, mediante «manifestaciones degradantes y la vulgar manipulación de la sexualidad hoy tan preponderante»[4]. En realidad, este fenómeno es totalmente contrario a la esencia del ocio, que es precisamente un tiempo liberador y enriquecedor para la persona.

     

    Resulta muy aconsejable no dar a los hijos muchos medios económicos, enseñándoles el valor del dinero y a ganarlo por sí mismos. San Josemaría fue educado por sus padres de un modo profundamente cristiano, respetando su libertad y enseñándole a administrarla. Nunca me imponían su voluntad–comentó en ocasiones–.Me tenían corto de dinero, cortísimo, pero libre[5]. Hoy en día, es relativamente fácil que los jóvenes trabajen, por lo menos parte de sus vacaciones. Conviene animarles a que lo hagan, pero no solo por ganar dinero para sus diversiones, sino también para poder contribuir a las necesidades de la familia o ayudar al prójimo.

     

    No hay que olvidar que en muchísimos jóvenes laten con fuerza ideales por los que son capaces de entusiasmarse. Tener amigos es ser generoso, compartir. Los jóvenes se vuelcan con sus amistades y muchas veces no han tenido ocasión de descubrir que Jesús es el Gran Amigo. El beato Juan Pablo II al final de la XV Jornada Mundial de la Juventud explicó: «Él nos ama a cada uno de nosotros de un modo personal y único en la vida concreta de cada día: en la familia, entre los amigos, en el estudio y en el trabajo, en el descanso y en la diversión». Y añadía que nuestra sociedad consumista y hedonista tiene necesidad urgente de un testimonio de disponibilidad y sacrificio por los demás: «De él necesitan más que nunca los jóvenes, tentados a menudo por los espejismos de una vida fácil y cómoda, por la droga y el hedonismo, que llevan después a la espiral de la desesperación, del sin sentido, de la violencia»[6].

     

    Formar a los hijos en el ocio y el tiempo libre supone un verdadero reto para los padres, una labor exigente que, como todas las tareas hechas por amor, resulta preciosa. Quizá, en determinados momentos, a algunos padres les puede parecer que la situación les supera. Merece la pena recordar entonces que todos los esfuerzos realizados en esta dirección –la formación de los hijos– no solo redundan en el bien de los hijos, sino que además agradan a Dios. La educación forma parte de la tarea que el Señor ha confiado a los padres, y nadie puede sustituirles en ella. Benedicto XVI explicaba que, en su ambiente familiar, los padres, por el sacerdocio común de todos los bautizados, pueden ejercer «la carga sacerdotal de pastores y guías cuando forman cristianamente a sus hijos»[7]. Vale la pena afrontar siempre esta tarea con valentía y con un optimismo lleno de esperanza.

     

    J. Nubiola, J.M. Martín

     

    Notas

    [1] San Josemaría, Encuentro en Enxomil con fieles del Opus Dei y amigos (Oporto), 31.X.1972.

     

    [2] Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 19

     

    [3] San Josemaría, Camino, n. 975.

     

    [4] Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con los obispos de Estados Unidos, 16-IV-2008.

     

    [5] San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 14-II-1964.

     

    [6] Beato Juan Pablo II, Homilía en la Santa Misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud, 20-VIII-2000.

     

    [7] Benedicto XVI, Audiencia general, 18-II-2009.

  • Jugar para vivir: ocio y tiempo libre (1)

    Jugar para vivir: ocio y tiempo libre (1)

    Envíamos un artículo que nos ha parecedo muy interesante para la educación de nuestros hijos, el artículo original está en la página web del Opus Dei: http://www.opusdei.es/art.php?p=47536

    Jugar es necesario para disfrutar de la vida. Se aprende además a ganar y perder, a usar la imaginación, a estar con los demás… e incluso a tratar a Dios.

    Hoy, en muchos países, el sistema educativo da a niños y jóvenes cada vez más tiempo libre, de modo que muchos padres son especialmente sensibles a la importancia de esos momentos para la educación de sus hijos.

    En ocasiones, sin embargo, el principal temor es que “se pierda el tiempo” durante los periodos no lectivos. Por eso, muchas familias buscan actividades extraescolares para sus hijos; no es raro que estas posean cierto corte académico -un idioma o un instrumento musical-, que complete sus estudios.

    EL VALOR DEL TIEMPO LIBRE

    El tiempo libre posee unas virtualidades educativas específicas, a las que se refería Juan Pablo II cuando animaba a “potenciar y valorizar el tiempo libre de los adolescentes y orientar sus energías”[1].

    En esas horas diarias en las que las obligaciones académicas se interrumpen, en mayor o menor medida, el joven se siente dueño de su propio destino; puede hacer lo que realmente quiere: estar con sus amigos o su familia, cultivar aficiones, descansar y divertirse del modo que más le satisface.

    Ahí toma decisiones que entiende como propias, porque se dirigen a jerarquizar sus intereses: qué me gustaría hacer, qué tarea debería recomenzar o cuál podría aplazar… Puede aprender a conocerse mejor, descubrir nuevas responsabilidades y administrarlas. En definitiva, pone en juego su propia libertad de un modo más consciente.

    Por eso los padres y educadores deben valorizar el tiempo libre de quienes dependen de ellos. Porque educar es educar para ser libres, y el tiempo libre es, por definición, tiempo de libertad, tiempo para la gratuidad, la belleza, el diálogo; tiempo para todas esas cosas que no son “necesarias” pero sin las que no se puede vivir.

    Este potencial educativo puede malograrse tanto si los padres se desentienden del ocio de los hijos -siempre que cumplan con sus obligaciones escolares-, como si lo ven solo como una oportunidad de “prolongar” su formación académica.

    En el primer caso, es fácil que los hijos se dejen llevar por la comodidad o la pereza, y que descansen de un modo que les exija poco esfuerzo (por ejemplo, con la televisión o los videojuegos).

    En el segundo, se pierde la especificidad educativa del tiempo libre, pues este se convierte en una especie de prolongación de la escuela, organizada por iniciativa casi exclusiva de los padres. Al final, desafortunadamente, la imagen del vivir que se trasmite es la de una existencia dividida entre obligaciones y diversión.

    Conviene, por tanto, que los padres valoren con frecuencia qué aportan al crecimiento integral de los hijos las actividades que realizan a lo largo de la semana, y si su conjunto contribuye de modo equilibrado a su descanso y a su formación.

    Un horario apretado significa que el hijo hará muchas cosas, pero quizá no aprenderá a administrar el tiempo. Si se quiere que los hijos crezcan en virtudes, hay que facilitarles que experimenten la propia libertad; si no se les da la posibilidad de elegir sus actividades favoritas, o se les impide en la práctica jugar o estar con los amigos, se corre el riesgo de que -cuando crezcan- no sepan cómo divertirse. En esta situación, es fácil que acaben dejándose llevar por lo que la sociedad de consumo les ofrece.

    Educar en el uso libre y responsable del tiempo libre requiere que los padres conozcan bien a sus hijos, porque conviene proponerles formas de ocio que respondan a sus intereses y capacidades, que les descansen y diviertan.

    Los hijos, sobre todo cuando son pequeños -y es el mejor momento para formarles en este aspecto- están muy abiertos a lo que los padres les presentan; y si esto les satisface, se están sentando las bases para que descubran por sí mismos el mejor modo de emplear los tiempos de ocio.

    Evidentemente, esto requiere imaginación por parte de los padres, y espíritu de sacrificio. Por ejemplo, conviene moderar las actividades que consumen un tiempo desproporcionado o llevan al chico a aislarse (como sucede cuando se pasan horas frente al televisor o en internet). Es mejor privilegiar aquellas que permiten cultivar relaciones de amistad, y que le atraen espontáneamente (como suele ser el deporte, las excursiones, los juegos con otros niños, etc.).

    JUGAR PARA CRECER

    Pero de todas las ocupaciones que se pueden desempeñar en el tiempo libre, hay una que los niños -y no solo ellos- prefieren sobre las demás: el juego.

    Resulta natural, porque el juego se asocia espontáneamente a la felicidad, a un lugar donde el tiempo no es pesado, a una vivencia abierta a la admiración y a lo inesperado. En el juego uno muestra su identidad más propia: se implica con todo su ser, con frecuencia más incluso que en bastantes trabajos.

    El juego es, ante todo, una prueba de lo que será la vida: es un modo de aprender a utilizar las energías que tenemos a disposición, es un tanteo de capacidades, de lo que podemos realizar. El animal también juega, pero mucho menos que el hombre, precisamente porque su aprendizaje se estabiliza. Las personas juegan durante toda su vida, pues pueden seguir creciendo -como personas- sin limitación de edad.

    La naturaleza humana se sirve del juego para alcanzar el desarrollo y la madurez. Jugando, los niños aprenden a interpretar conocimientos, a ensayar sus fuerzas en la competición, a integrar los distintos aspectos de la personalidad: el juego es un continuo reto.

    Experimentan reglas, que hay que asumir libremente para jugar bien; se marcan objetivos, y se ejercitan en relativizar sus derrotas. No cabe juego al margen de la responsabilidad, de forma que el juego contiene un valor ético, nos ayuda a ser sujetos morales.

    Por eso, lo normal es jugar con otros, jugar “en sociedad”. Tan radicado está este carácter social, que incluso cuando los niños juegan solos, tienden a construir escenarios fantásticos, historias, otros personajes con los que dialogar y relacionarse. En el juego los niños aprenden a conocerse y a conocer a los demás; sienten la alegría de estar y divertirse con otros; asimilan e imitan los roles de sus mayores.

    Se aprende a jugar, principalmente, en la familia. Vivir es jugar, competir; pero vivir también es cooperar, ayudar, convivir. Es difícil comprender cómo se puedan armonizar ambos aspectos -competir y convivir- al margen de la institución familiar. El juego es una de las pruebas básicas para aprender a socializar.

    En definitiva, el gran valor pedagógico del juego reside en que vincula los afectos a la acción. Por eso, pocas cosas unen de un modo más inmediato a padres e hijos que jugar juntos. Como decía San Josemaría, los padres han de ser amigos de sus hijos, dedicándoles tiempo. Ciertamente, a medida que los hijos crecen, habrá que adaptarse.

    Pero esto sólo significa que el interés de los padres por el ocio de sus hijos adoptará nuevas formas. Se les puede, por ejemplo, facilitar que inviten amigos a casa, o asistir a las manifestaciones deportivas en las que participan… Iniciativas que, además, permiten conocer a sus amigos, y a sus familias sin dar la errada impresión de que se les quiere controlar, o de que se desconfía.

    También se puede, con la ayuda de otros padres, crear ambientes lúdicos en los que se organicen diversiones sanas, y cuyas actividades se desarrollen teniendo en cuenta la formación integral de los participantes. Nuestro Padre promovió desde muy pronto este tipo de iniciativas, en las que se ofrece un ambiente formativo en que los chicos juegan, al tiempo que perciben su dignidad de hijos de Dios, preocupándose por los demás: lugares en los que se les ayuda a descubrir que hay un tiempo para cada cosa y que cada cosa tiene su tiempo, y que en todas las edades -también cuando son pequeños- se puede buscar la santidad, y dejar un poso en las personas que les rodean.

    Tomando una expresión de Pablo VI, muy querida por Juan Pablo II, cabría decir que los clubes juveniles son lugares donde se enseña a ser “expertos de humanidad”[2]; por eso, sería una gran equivocación plantear su interés solo en función de los resultados académicos o deportivos que alcanzan.

    JUGAR PARA VIVIR

    En griego, educación (paideia) y juego (paidiá) son términos del mismo campo semántico. Y es que aprendiendo a jugar se adquiere, a la vez, una actitud muy útil para afrontar la vida.

    Aunque parezca paradójico, no sólo los niños tienen necesidad de jugar. Incluso se puede decir que el hombre debe jugar más cuanto más anciano sea. Todos hemos conocido personas a las que la vejez ha desconcertado: descubren que no tienen las fuerzas que tenían antes, y creen que no pueden afrontar los desafíos de la vida.

    Una actitud que, por lo demás, podemos encontrar en muchos jóvenes, ancianos prematuros, que parecen carecer de la flexibilidad necesaria para acometer situaciones nuevas.

    Por el contrario, probablemente nos hemos relacionado con personas mayores que mantienen un espíritu joven: capacidad de ilusionarse, de recomenzar, de afrontar cada nuevo día como un día de estreno. Y esto aunque a veces posean limitaciones físicas notables.

    Estos casos ponen de manifiesto que, a medida que el hombre crece, cobra cada vez más importancia encarar la vida con cierto sentido lúdico. Porque quien ha aprendido a jugar sabe relativizar los logros -éxitos o fracasos- y descubrir el valor del juego mismo; conoce la satisfacción que da ensayar nuevas soluciones para ganar; evita la mediocridad que busca el resultado, pero arruina la diversión. Disposiciones que pueden aplicarse a las cosas “serias” de la vida, a las tareas corrientes, a las nuevas situaciones que, abordadas de otro modo, podrían llevar al desánimo o a un sentimiento de incapacidad.

    Trabajo y juego tienen sus tiempos diversos: pero la actitud con la que uno y otro se planean no tiene por qué ser distinta, pues la misma persona es quien trabaja y quien juega.

    Las obras humanas son efímeras, y por eso no merecen ser tomadas demasiado en serio. Su valor más alto -como ha enseñado san Josemaría- consiste en que ahí nos espera Dios. La vida sólo tiene sentido pleno cuando hacemos las cosas por amor a Él… mejor aún: en la medida en que las hacemos con Él.

    La seriedad de la vida está en que no podemos bromear con la gracia que Dios nos ofrece, con las oportunidades que nos da. Aunque, bien visto, de algún modo, también el Señor se sirve de la gracia para bromear con el hombre: Él escribe perfectamente con la pata de una mesa[3], decía nuestro Padre.

    Sólo la relación con Dios es capaz de dar estabilidad, nervio y sentido a la vida y a todas las obras humanas. El filósofo Platón intuyó esta gran verdad: “es menester tratar seriamente las cosas serias, pero no las que no lo son. Y solo la divinidad es merecedora de toda clase de bienaventurada seriedad, mientras que los hombres somos juguetes inventados por ella; y esto es lo más hermoso que hay en nosotros; por tanto es preciso aceptar esta misión, y que todo hombre pase su vida jugando los juegos más hermosos”[4].

    Los juegos más hermosos son los “juegos” de Dios. Cada uno ha de asumir libremente que es un juguete divino, llamado a jugar con el Creador. Y de su mano arrostrar todas las actividades, con la confianza y el espíritu deportivo con que un niño juega con su Padre.

    De ese modo, las cosas saldrán antes, más y mejor; sabremos sobreponernos a las aparentes derrotas, porque lo importante -haber jugado con Dios- ya está hecho, y siempre hay otras aventuras que esperan. La Sagrada Escritura nos presenta a la Sabiduría divina proyectando junto a Él, lo deleitaba día a día, actuando ante Él en todo momento, jugando con el orbe de la tierra, y me deleitaba con los hijos de Adán[5]: Dios, que “juega” creando, nos enseña a vivir con alegría, seguros, confiando en que recibiremos -quizá inesperadamente- el regalo que anhelamos, pues todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio[6].

  • Ser Padres… ¡es muy bueno!

    Ser Padres… ¡es muy bueno!

    Un vídeo de Coca-Cola: muy bueno.

  • Sábado 16: Redes Sociales

    Sábado 16: Redes Sociales

    redes sociales

    El sábado 16 a las 18:00h continuaremos con nuestro ciclo de charlas formativas para padres. Esta vez tocaremos el tema de las redes sociales.

    Pontevedra, 16 de marzo de 2013

  • Se acerca la Navidad…

    Se acerca la Navidad…


    Ya llega la Navidad, esa época tan familiar y esas vacaciones tan esperadas. Para prepararla y vivirla con intensidad hemos pensado organizar dos pequeños eventos:

    1. Misa de Navidad: el día 24 de diciembre, por la tarde, a las 18:00h, en el oratorio del Club celebraremos la Misa de Navidad para todas las familias.

    2. Concurso de Belenes: para no perder esta estupenda tradición, realizaremos un concurso, con premios sorprendentes. Respecto a años anteriores, se introduce una novedad: hay que resaltar algún valor solidario en el Belén. Este concurso estará patrocinado por Cooperación Internacional. Las familias tendrán que inscribirse antes del día 17 de diciembre (escribiendo un mail a info@tambre.org). Del día 17 al 24 un jurado, ecuánime y ponderado, visitará las distintas casas para juzgar los Nacimientos.

  • Este sábado: Magosto Familiar

    Este sábado: Magosto Familiar

    Este sábado, 1 de diciembre, vamos a celebrar nuestro ya tradicional Magosto Familiar. Como el año pasado nos reuniremos en la casa-chalet de la Familia Blanco Puente en Sanxenxo. Quedamos allí a las 17:30h, podéis contactar con Mª Carmen Rivas: 661 584 104 para coordinar la merienda, concretar qué llevar, etc.

    Aquí podéis ver las indicaciones para llegar: (42.398294, -8.789959)


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  • I Campeonato Gallego de Scalextric

    I Campeonato Gallego de Scalextric

    Ha llegado ya el I Campeonato Gallego de SCALEXTRIC. Este fin de semana en la sede de la Asociación Juvenil Tambre [Pontevedra] competiremos por ver quién es el más rápido. La inscripción se realizará enviando un mail o telefónica. Cada escudería estará formada por tres pilotos, la ficha de inscripción es de 15€ por escudería. Atrevete a probar tus reflejos y resistencia y podrás ganar INCREÍBLES PREMIOS.
    Este sábado 10 de noviembre comenzarán las pruebas clasificatorias, los dos sábados siguientes 17 y 24 continuaremos con el campeonato.
    Además de participar los jóvenes, también habrá tiempo para que los padres podamos participar en una competición SENIOR…

    BASES DEL I CAMPEONATO GALLEGO DE SCALEXTRIC (circuito de Pontevedra)

    1. Inscripción
      1. Las escuderías serán de 3 pilotos, uno de los cuales no puede ser socio del Club.
      2. La inscripción se hace en el propio Club, hasta el día 10 de noviembre, abonando la cantidad de 15 € y habiendo rellenado la ficha de la escudería.
    1. Competición:
      1. Un sector consiste en la participación en ambas pistas pares o impares del circuito.
      2. Carreras a 20 vueltas, combinando pistas impares o pares (llamadas sectores), y acumulando los tiempos.
      3. Las escuderías acumularán los tiempos de sus tres pilotos.
    1. Modalidades:
    • RESISTENCIA
    • Durante un tiempo acumulado de 15 minutos (por pista, lo que significa 30 minutos de sector)
    • VELOCIDAD
    • Récord de vuelta. Se correrán 10 vueltas por pista, tomándose el mejor tiempo de cada una y sumándose.
    1. Premios:
      1. La escudería vencedora, recibirá un trofeo conmemorativo.
      2. Cada piloto de la escudería vencedora recibirá una camiseta del equipo Ferrari.
    1. Coche:
      1. El uso de coche privado (personal) conllevará una penalización del 7% en el cómputo del tiempo.
    1. Competición:
      1. Antes de dar la salida de cada una de las carreras, se permitirá a cada piloto realizar una vuelta de reconocimiento al circuito.
      2. Durante la celebración de las carreras, el piloto no podrá tocar en ningún momento su coche, siendo un compañero de escudería –y solo uno- quien introduzca el coche en la pista en caso de que se salga.
      3. Si durante la competición, por cualquier motivo, el coche deja de funcionar, deberá abandonar la prueba, incorporándose a la clasificación acumulada con el tiempo del peor piloto de su ronda más un incremento de un 10%.
      4. Al inicio de cada jornada de competición se sorteará el orden de salida de cada corredor, y al inicio de cada serie, se sortearán las pistas y el orden de uso para cada piloto participante.
    1. Normas finales
      1. En caso de duda o de cualquier problema no descrito en esta normativa, decidirá el juez encargado de cada carrera, sin que quepa posterior reclamación a la decisión del juez.
      2. La inscripción en el presente concurso supone el conocimiento y la aceptación de la presente normativa.
  • La adolescencia: crisis y oportunidad

    La adolescencia: crisis y oportunidad

    El pedagogo y psicólogo Juan José López Peña ha inaugurado el ciclo de charlas formativas sobre educación y familia para el curso 2012-13. En la sede de la Asociación, con una treintena de asistentes, ha prodigado buen humor y nos ha comunicado gran parte de su experiencia para ayudarnos a acompañar a nuestros hijos en esa turbulenta edad de cambios…

    Después tuvimos un piscolabis en el que no faltó, junto a tantas cosas ricas, la ya famosa tortilla de Begoña… ¡Mmmmmm!

    Pontevedra, sábado 20.X.2012